Mundo ficciónIniciar sesiónLuego de pasar las ultimas cinco horas en mi habitación, fui llamada por la misma mujer que me dio la bienvenida, según ella ya era hora de cenar.
El comedor es un espacio amplio, de techos altos y paredes desnudas, adornado únicamente por un crucifijo grande al final de la mesa. La madera desgastada de la mesa y las sillas deja entrever años de uso, y en el ambiente reina un silencio solemne, interrumpido solo por el suave tintineo de los cubiertos y las respiraciones contenidas de las mujeres que me observan. —Atención, hermanas —solicita la madre superiora, quien se presentó anteriormente como Consuelo y ahora está de pie al inicio de la mesa, imponente y firme. Las ocho mujeres sentadas alrededor del comedor dirigen sus miradas hacia Consuelo y luego hacia mí, estudiándome detenidamente, como si intentaran desentrañar cada detalle de mi historia solo con observar mi postura, mi rostro, mi mirada. Intento no temblar bajo sus miradas y apenas esbozo una sonrisa tímida, sintiéndome expuesta y vulnerable. —Ella es Holly —me presenta Consuelo, señalándome con la mirada—. Desde ahora vivirá en el convento. Alzo la vista un poco, insegura, y me esfuerzo en dar una sonrisa respetuosa. Esas palabras me pesan, "vivirá en el convento," como si ya no hubiera vuelta atrás. —Espero que todas sean amables con ella y le enseñen lo que con años de trabajo hemos aprendido. A partir de hora, ella nos ayudará en lo que haga falta. Las monjas asienten, pero una de ellas me observa con especial intensidad. Tiene arrugas marcadas y algunas canas que sobresalen de su velo negro, denotando una edad avanzada y una experiencia que no necesita palabras para imponerse. —¿Vivirá en el orfanato? —pregunta la mujer, con voz severa y desconfiada. Su tono me hace sentir como si mi presencia fuera un elemento extraño, algo que podría alterar su mundo, una amenaza. —Por supuesto que no, hermana Luz —responde Consuelo, sacudiendo la cabeza para disipar cualquier duda—. Holly ya tiene veinte años, no sería apropiado. La próxima semana ella tomará el hábito del noviciado y comenzará su formación formal. El corazón me da un pequeño vuelco al escuchar eso. ¿Tan pronto? Apenas acababa de llegar y ya sentía que el tiempo se precipitaba, arrastrándome a un compromiso del que no había forma de escapar. Me aprieto las manos sobre el regazo, intentando tranquilizarme. —Hermanas —interviene una de las mujeres mayores, con una sonrisa suave—, no seamos insensatas. Presentémonos como corresponde para que Holly se sienta bienvenida entre nosotras. Una a una, las monjas se presentan: María, Inés, Lucía, Ana, Luz, Mariana, Cristina y Sofía. Todas mayores que yo, cada una con un aire de serenidad que sólo el paso de los años parece haberles otorgado. La más joven, María, tenía cuarenta y cinco años. No podía evitar preguntarme si alguna vez habían sentido el mismo vacío que yo sentía ahora, o si alguna vez habían dudado de su camino, seguramente no, o al menos no como yo lo hacía. —Siéntate, por favor —me invita Sor Mariana, señalando el lugar vacío a su lado con una amabilidad que parece genuina. Me deslizo hasta el asiento y acomodo la falda de mi vestido antes de sentarme. Tomo un respiro y trato de ignorar el nudo en mi estómago. —Mucho gusto, soy Holly. Lamento mi ingrato silencio. —Mis palabras suenan más formales de lo que pretendía, pero no quería dar una mala impresión. Las monjas comienzan a tomar la comida de los platos al centro de la mesa: pan, un caldo ligero y frutas sencillas. La comida en sí es austera, tal vez debido a la hora, pero el silencio absoluto que acompaña cada bocado le añade un peso inesperado al momento. Me concentro en mis manos, intentando mantenerlas quietas y evitar que mi nerviosismo sea evidente. De pronto, la voz de la madre superiora rompe el silencio nuevamente. —Holly —dice Consuelo, su tono bajo pero firme, con esa autoridad que hace difícil sostenerle la mirada—, mañana conocerás al padre David Gallagher. En estos momentos está de viaje, atendiendo asuntos importantes para el convento, pero regresará temprano para retomar sus funciones. Hace una pausa, sus ojos oscuros se fijan en los míos, como si quisiera medir mi reacción. —Él también vive aquí, en el convento —continúa, y en su voz hay algo que sugiere más de lo que dicen sus palabras—. Su habitación está al final del pasillo, cerca de la puerta personal que da a la parroquia. Es un espacio reservado para él solo. Nadie tiene permitido entrar allí sin su permiso, ni siquiera las hermanas. A no ser que sea para cuestiones de limpieza. Me asusta un poco la idea de conocerlo. "El padre David." Su nombre resuena en mi mente, y lo imagino como un hombre severo y rígido, como Consuelo, alguien que no mostraría compasión alguna hacia mi situación. Probablemente sea un hombre ya de tercera edad. Espero que, al menos, tenga algo de empatía y no sea tan estricto como la madre superiora. —¿El padre David? —pregunto en voz baja, con una mezcla de curiosidad y temor. —Sí —responde la madre superiora, con un tono que denota una mezcla de respeto y cierta veneración—. Es el sacerdote a cargo de nuestra parroquia y es muy querido en nuestra comunidad. Verás que es un hombre devoto y... —hace una pausa— un poco particular. Las otras monjas intercambian miradas y asienten ligeramente, como si compartieran un secreto tácito. La hermana Inés se inclina hacia mí y, en voz baja, susurra: —El padre David es... muy especial. No es como los sacerdotes que habrás conocido. —Inés —la reprende Consuelo, aunque su tono no tiene verdadera reprimenda, sino un matiz de advertencia velada—, no confundas a nuestra nueva hermana. Inés se encoge de hombros y vuelve a su comida, pero no sin antes lanzarme una mirada significativa, como si intentara decirme algo que las palabras no podrían explicar. El resto de la cena transcurre en un silencio casi solemne, y siento cómo la tensión de la incertidumbre crece en mí. ¿Por qué tanto misterio sobre el padre David? ¿Qué podría tener de especial un sacerdote, un hombre de fe que se dedicaba a servir a Dios y a las normas de la Iglesia? Al finalizar la cena, Consuelo me acompaña hasta mi pequeña habitación. Al fin tengo cabeza para analizar la fría habitación. El cuarto es aún más austero que el comedor: una cama simple, una mesa de noche con una lámpara y una cruz de madera colgada en la pared. El aire es frío y pesado, como si nunca hubiera estado realmente habitado ¿Será que aquí compran cruces por mayoreo? —Mañana, cuando conozcas al padre David, ten en mente que su papel en esta comunidad es más complejo de lo que parece —dice Consuelo interrumpiendo mis pensamientos mientras se dirige a la puerta, mirándome con una expresión severa—. Él tiene muchas responsabilidades, y esperamos que como pronta novicia, le ayudes en sus actividades. Obedece lo que él te diga, tal cual lo diga. —Sí, madre —respondo en voz baja, intentando no mostrar el temor que se ha instalado en mi pecho. Una vez que Consuelo cierra la puerta, me dejo caer sobre la cama, exhalando todo el aire contenido en mis pulmones. Escucho el silencio que rodea el convento, apenas interrumpido por los susurros del viento contra las paredes de piedra. No puedo evitar sentirme atrapada. Pienso en mis padres, en la forma en que me dejaron aquí sin más, y en como mi vida está cambiando rápidamente. Si tan solo... si tan solo no hubiese sido usada... Esa noche, duermo mal, inquieta. Sueño con pasillos oscuros y sombras que me rodean, figuras de monjas rezando en una penumbra interminable, y una voz grave, distante, que pronuncia mi nombre en un susurro, una terrible noche para un primer día en el convento. Cuando el amanecer finalmente asoma por la pequeña ventana de mi habitación, siento un extraño peso en el pecho. Sigo las ordenes tal cual me fueron indicadas. Despierto a las cinco de la mañana, me arreglo prudentemente y voy al lugar de las primeras oraciones, Consuelo me guía hacia la iglesia. El ambiente es fresco y solemne, y la luz que atraviesa los vitrales colorea las paredes con tonos profundos, como si el lugar estuviera impregnado de una atmósfera de reverencia inquebrantable. —Espéralo aquí, Holly. Él no tardará —me indica Consuelo, dejando que me acomode en un banco cercano al altar. Miro alrededor, sintiéndome pequeña y vulnerable. Miro el altar, las velas, los símbolos sagrados que llenan el lugar, y me pregunto qué encontrará él en mí cuando me vea, cuando vea a esta joven insegura que ha sido arrojada al convento sin una verdadera vocación. Finalmente, escucho pasos acercándose desde el fondo del pasillo, resonando firmes y pausados sobre el frío suelo de piedra. Me giro lentamente, y ahí está él: el padre David. Su figura es delgada pero firme, envuelta en la sobria elegancia de la sotana negra, que cae con naturalidad sobre sus hombros y se mueve ligeramente al ritmo de sus pasos. Tiene una expresión serena, casi impenetrable, y unos ojos oscuros que parecen contener más de lo que muestran, como si guardara silencios y secretos que nadie ha sido capaz de arrancarle. Definitivamente no es el hombre de tercera edad que esperaba, es un hombre muy atractivo, de no mas de cuarenta años. No sé si debería sentirme aliviada o asustada, pero lo que tengo claro es que, no debería ver sexy al sacerdote de mi parroquia.






