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Capítulo 2. Adaptabilidad

Observo el enorme convento que se alza ante mí, una estructura de piedra antigua, imponente y ajena. Cada uno de sus muros parece encerrado en siglos de historia y secretos, rodeado por jardines que a esta hora, con la luz del sol filtrándose entre las nubes, lucen melancólicos y casi desolados. Lo que añaden cierto pesar a mi alma.

A un lado está la parroquia de San Juan, un edificio más pequeño pero igualmente austero, y cuyas puertas de madera oscura parecen haber soportado el peso de muchas generaciones. Es alto, con dos cúpulas en lo más alto.

En la entrada, un letrero simple y casi desgastado confirma mi destino: "Convento de San Juan." Un escalofrío recorre mi cuerpo mientras repito mentalmente el nombre. Lo veo y lo leo, pero me cuesta procesar que este lugar será, a partir de hoy, mi hogar. Quiero llorar, echarme a correr y esperar a terminar con mi sufrimiento, pero soy tan cobarde que solo analizo el lugar.

—Apresúrate —ordena mi padre, con voz cortante, interrumpiendo mis pensamientos mientras me empuja ligeramente en el hombro para que avance.

Me tambaleo, pero recupero el equilibrio y ajusto la maleta que llevo conmigo, una pequeña maleta con mis pocas pertenencias, sabía que de cualquier forma no necesitaría mucho. Puedo sentir su mirada fría e impaciente en mi espalda. No necesito voltear para saber que está deseando deshacerse de mí lo más pronto posible.

A cada paso que doy hacia el interior, siento cómo los muros imponentes y despojados de color parecen observarme, juzgarme con una calma inquisitiva y aplastante. La quietud del lugar solo añade una extraña carga de solemnidad, como si las paredes supieran, de alguna manera, todos los errores, todas las razones y dolores que me han traído aquí. Los pecados que me conducen a recluirme en un lugar en el que nunca desearía estar.

No elegí estar aquí. Nadie preguntó si esto era lo que deseaba. Para mis padres, esta fue una decisión práctica, una última opción para que "enderezara" el rumbo de mi vida.

Habían agotado su paciencia y sus recursos, y, en su lógica severa, era mejor verme aquí, encerrada entre piedras y cruces, coartando mi libertad, que en el mundo exterior, haciendo que el apellido de la familia fuera motivo de vergüenza. Y eso, por supuesto, se debía evitar a toda costa.

Y en cierto punto, ellos tenían razón ¿quién amaría tener una hija suicida? A decir verdad no recordaba con exactitud cuando fue que perdí mi brillo, las ganas de existir, de sobresalir.

Quizás fue la primera vez que me sentí comparada con mi hermana mayor, o tal vez, fue cuando me golpearon hasta casi morir. Intentaba pensar en ese momento donde decidí que no era esta la vida que soñaba, pero nada llegaba a mis memorias.

El viaje hasta aquí fue incómodo y en completo silencio. Mi padre se limitó a mirar el camino sin apenas dirigirme la palabra, con el ceño fruncido y las manos tensas en el volante, mientras rechinaba los dientes una que otra vez. Mi madre, sentada en el asiento del copiloto, alternaba entre revisar la manicura de sus uñas, deslizar el dedo en la pantalla de su celular y finalmente quedarse dormida. Quizás estaba agotada de lidiar conmigo y mi "inestabilidad". O quizás simplemente no le importaba. Apostaba más por lo segundo, pero una pequeña parte de mi, pedía que fuera agotamiento, una parte deseaba que si le importara tanto que estaba agotada de pensar en mis problemas.

Respiro hondo y recorro el patio de piedra que separa el portón de entrada y la puerta principal del convento. La superficie es fría, cada piedra tallada parece haber sido puesta allí hace siglos, diseñada para soportar el peso de generaciones de novicias, monjas, y quién sabe cuántos otros que han pasado sus días en este lugar, aislados del mundo. Seguramente algunas amaban su vocación, puede ser que todas, solo yo era la oveja negra de este lugar.

El portón se abre y una monja de aspecto severo, con un hábito gris y el rostro enmarcado por una cofia blanca, se presenta frente a nosotros. Lleva una expresión impenetrable, pero en sus ojos parece haber un atisbo de compasión mezclado con resignación. Es claro que no soy la primera joven problemática a la que reciben en este lugar.

—Señores, bienvenidos al Convento de San Juan —dice con voz baja y pausada, mientras hace una ligera reverencia. Mis padres apenas asienten. Yo bajo la mirada y solo alcanzo a murmurar un saludo, casi en silencio.

La monja observa mi maleta y luego dirige la mirada a mis padres, haciendo una pausa. Finalmente, fija sus ojos en mí. Por un instante, siento que esa mirada, profunda e inexpresiva, atraviesa todas mis defensas, me siento expuesta ante ella.

—Holly, mucho gusto, estarás bajo nuestro cuidado y supervisión —explica la monja—. En este convento, buscamos el recogimiento espiritual, la paz y la comprensión interior. Aquí aprenderá el valor de la obediencia y la fe. También esperamos nos ayudes con las tareas diarias que se deben realizar en este lugar, podrás entrar inmediatamente como novicia. Entendemos la seriedad del asunto.

Mi padre suelta un leve resoplido, como si todo aquello le pareciera una formalidad innecesaria. Sin embargo, responde en tono seco:

—Espero que lo que no logramos nosotros lo logren ustedes. Estamos cansados de ella.

Siento la dureza en sus palabras. Apenas puedo sostener la maleta, el peso de su desaprobación me aplasta. Un nudo se forma en mi garganta, pero mantengo la cabeza alta. No quiero causar más lastima.

La monja asiente una vez más y nos indica que la sigamos. Entramos al convento y me encuentro rodeada por una arquitectura que apenas he visto en fotos o películas: pasillos amplios, techos altos, vitrales oscuros y silenciosos que apenas dejan pasar la luz exterior. A medida que avanzamos, el eco de nuestros pasos se mezcla con una serie de rezos apagados que vienen desde alguna habitación lejana. El aire aquí es frío y tiene un aroma a incienso y velas.

Llegamos finalmente a una pequeña sala de espera. La monja se detiene y se gira hacia mis padres.

—Agradecemos su confianza en dejarnos cuidar de su hija, la convertiremos en una monja propia de este convento —dice con precisión, pero mi padre no parece interesado en ceremonias.

—Espero que esto funcione. No quiero recibir llamadas con más problemas. Soy un hombre ocupado —contesta él, de forma abrupta. Su tono cortante deja en claro que esta es su última advertencia, como si ya me hubiera condenado.

La monja me dirige una mirada y luego se despide de mis padres. Mi madre apenas susurra un "cuídate" antes de alejarse, sin mirarme a los ojos. Cuando el portón se cierra tras ellos, un vacío se abre en mi interior. Estoy sola, verdaderamente sola. Sin más opciones, sin un camino claro, y rodeada por muros que me encierran en una vida que no he elegido.

La monja me indica que la siga por un pasillo estrecho hasta una pequeña habitación con una cama simple, una mesa de noche y una cruz de madera en la pared. El cuarto es tan frío y austero como el resto del convento, pero siento que este será el único refugio donde podré ser yo misma, aunque sea por breves momentos de soledad.

—Aquí será tu habitación, Holly. Tienes que levantarte todos los días a las cinco para el primer rezo. Y te recordamos que, en este lugar, se espera silencio y respeto en todo momento. Te sugiero no hacer ningún comentario sobre como entraste a nuestro convento, limítate a la prudencia.

Asiento, sin decir nada. La monja me observa un instante más, como si intentara ver algo en mí, y luego se marcha, cerrando la puerta detrás de ella.

Me siento en el borde de la cama, escuchando el silencio absoluto a mi alrededor. Recuerdo la forma en que mis padres me miraron antes de irse, la mezcla de decepción y cansancio en sus rostros. Siento las lágrimas asomarse, y por primera vez, después de aquel intento de suicidio, de las humillaciones de mis padres, finalmente dejó salir mi sufrimiento. Caen a cantaros, resbalándose por mis mejillas, muerdo mi labio inferior, procurando no emitir ningún sonido, no quiero ser descubierta.

Aprieto mis piernas, y encajo mis uñas en ellas, propiciando un poco de dolor que no permita que los recuerdos lleguen a mi.

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