Capítulo 6. Cuando nos tocamos
Camino por los pasillos oscuros del convento en dirección a la cocina, sintiendo el eco suave de mis pasos. Las paredes, recubiertas de piedra fría, parecen absorber todo el sonido y el aire cargado de incienso flota como un recuerdo persistente. A mi lado, la hermana Mariana camina con lentitud, dándome indicaciones sobre la comida del día. Su voz, cálida y amable, contrasta con el silencio solemne del lugar.
Al llegar, me acerco al mesón y comienzo a picar la cebolla para la crema de zanahoria que estábamos preparando. El aroma fresco de las hortalizas llena la cocina mientras Mariana me observa con una sonrisa paciente.
—¿Ya me dirás por qué una pequeña como tú ha decidido recluirse en este convento? —me pregunta de repente, rompiendo el silencio con una ternura inesperada.
Levanto la vista hacia ella y sonrío tímidamente. La hermana Mariana es una mujer de casi setenta años, de esas personas cuya sabiduría parece haberse impregnado en cada arruga de su piel. Su voz es como un susu