Mundo ficciónIniciar sesiónCamino por los oscuros y silenciosos pasillos del convento. El eco de mis pasos se desliza suavemente, casi como un susurro en la penumbra, y el canto de los grillos es lo único que rompe la quietud de la madrugada. El ambiente parece eterno, suspendido entre las sombras, siento que cada rincón guarda secretos que jamás me atrevería a descubrir.
Avanzo con cuidado, asegurándome de no hacer ruido, no quiero despertar a nadie. La cocina está vacía, su soledad se hace más intensa en esta hora incierta, como si estuviera atrapada en otro tiempo. Miro el reloj de pared y veo que aún falta casi una hora para las seis; me apresuro a preparar lo que puedo ofrecer como un buen desayuno. Encuentro café, un par de frutas frescas que corto lentamente, disfrutando de la textura y el aroma, y unos huevos que revuelvo con precisión. Aunque no soy una experta en la cocina, me he defendido bien con los platos básicos. Mientras dispongo cada elemento en una bandeja, el silencio comienza a calar en mis huesos, y mis pensamientos se vuelven claros y ruidosos, cuestionándome por qué la madre superiora me ha asignado esta tarea. Termino de preparar todo y coloco el desayuno en la gran mesa de madera del comedor, un mueble robusto y solitario, cuya presencia parece añadir un peso solemne al ambiente. Reviso nuevamente el reloj en la pared. Son las seis en punto. Espero que él sea puntual; no me gustaría que su comida se enfríe. En ese momento, una voz grave y varonil llena la habitación, y mi cuerpo se tensa de inmediato. —Buenos días —dice, su voz tiene un matiz profundo que envuelve cada palabra con una intensidad que logra agitarme. Alzo la vista, y ahí está el padre David, noto una muy visible diferencia de altura. Esta vez no lleva su sotana habitual; viste unos pantalones negros de vestir y una camisa del mismo color, con el alzacuello blanco que resalta en su cuello. La visión es impactante; verlo así, sin la formalidad de su atuendo sacerdotal, pero de alguna forma el alzacuello confirma su realidad. Es un sacerdote. —Buenos días, padre, mucho gusto, soy... —comienzo a decir, intentando mantener la compostura. —Holly, sí, lo sé —me interrumpe con un tono firme, casi impersonal—. Hablé con la madre superiora sobre tu estadía en el convento —se sienta en la mesa sin titubear, frente a su desayuno—. Debo decir que al principio dudé de tus intenciones de ser monja. Siento cómo el rubor sube por mis mejillas, su actitud es tan directa y severa que me hace sentir expuesta. —Yo... —No me malinterpretes —agrega, posando su mirada en el plato, pero luego me observa, sus ojos oscuros son intensos, inquisitivos, como si intentara ver a través de mí—. Las puertas de la casa del Señor siempre están abiertas; sin embargo, no estoy seguro de que ser monja sea lo que realmente buscas, esto no es una salida a los problemas. Quiero responder, defenderme, pero me siento atrapada en esa mirada impenetrable. Parece como si estuviera evaluando cada rincón de mi ser, y esa presión me hace temblar. Intento desviar la conversación. —Sobre mi confesión... —comienzo, esperando que me permita explicar mis palabras del día anterior. —Como dije, Holly —me interrumpe nuevamente, y sus ojos se posan en mí con una intensidad que me hace sentir pequeña—, cuando encuentres lo que buscas, vuelve y quizá te dé tu penitencia. Soy profesional, y no mencionaré una palabra de lo que se dijo en el confesionario, es una regla en mi profesión. La forma en que lo dice, con esa mezcla de autoridad y misterio, me hace sentir un escalofrío. Me cuesta respirar, y me siento fuera de lugar, una intrusa en su dominio. Respiro hondo para recomponerme. —Lamento la llegada tan prematura —digo, intentando sonar cortés y profesional. —Nunca he sido partidario de tener asistentes —responde con voz cortante mientras sigue comiendo—. Y menos novicias. Eres la primera en casi diez años que se me asigna en este convento. Sin embargo, parece que la madre superiora insiste en que permanezcas bajo mi cuidado, y eso haré. Su tono es tan distante y formal que me siento como una extraña. Permanezco de pie, observándolo mientras come, mi mente se llena de dudas y, sin saber por qué, deseo romper esa barrera, intentar entenderlo. Finalmente, me atrevo a preguntar, apenas en un murmullo. —¿Le gusta ser sacerdote? Sus manos se detienen un instante, y noto cómo alza una ceja intentando entender lo que acabo de preguntarle. Levanta la mirada, evaluándome de nuevo, como si analizara el atrevimiento en mis palabras. —Tiene sus momentos —responde después de unos segundos, como si considerara sus palabras—. Me gusta, pero odio toda la actividad protocolaria. Sus ojos se vuelven sombríos, y por un momento, me parece que está en algún otro lugar, quizás recordando alguna experiencia pasada. Sin más, continúa comiendo hasta que su plato queda vacío. —Espero que le haya gustado —comento en voz baja, y lo observo levantarse de su silla. Sin mirarme, toma sus platos y se dirige al fregadero, donde comienza a lavar cada uno con movimientos precisos y meticulosos. —Aprecio la comida —responde sin emoción, sin girarse—, el desayuno es la comida más importante del día. Sin embargo, no es lo que suelo comer. Llevo una dieta estricta. No entiendo por qué la madre superiora no te informó. —Lo lamento —respondo, tratando de mantener mi voz firme, pero él no me devuelve la mirada. Yo sigo observando sus movimientos, la forma en que sus manos se deslizan bajo el agua, fuertes y cuidadosas a la vez. —Deja de disculparte —dice, en un tono que casi parece una orden—. Ven más tarde a mi habitación, y te daré una lista detallada de mi dieta. Si trabajaremos juntos debes entender las actividades que realizaras. Asiento, pero el recuerdo de las palabras de la madre superiora aparece en mi mente, y me siento obligada a mencionarlo. —La madre superiora me pidió que limitara mi comunicación con usted —le digo, tragando saliva—. También me dijo que tenía prohibido acercarme a su habitación. No quiero cometer una imprudencia. Se detiene, dejando la taza que estaba lavando sobre el fregadero, y se da la vuelta para mirarme con una expresión difícil de leer. Su mirada parece penetrante, cargada de algo que no logro descifrar. —Entonces ven cuando todas estén dormidas —dice, su voz baja y casi ronca, como si revelara algo prohibido—. Detesto los problemas... o los chismes. Mis ojos se abren un poco más, y siento que el calor sube por mi cuerpo, envolviéndome en una sensación de incomodidad y excitación a la vez. Mi corazón late rápido, y siento una presión extraña en mi abdomen, una mezcla de nerviosismo y algo que no me atrevo a reconocer. Finalmente, después de unos minutos de silencio, seca los platos y los guarda con precisión. Cuando termina, se gira hacia mí una última vez, y sus palabras me dejan confundida, una promesa velada en sus ojos. —Por cierto, Holly —dice, con un tono formal pero cargado de un matiz indefinido—, después de recibir tu noviciado, me encargaré personalmente de educarte para recibirte como monja. Espero que entiendas lo que esto implica. Sus palabras cuelgan en el aire, llenando el espacio de una forma casi tangible, y antes de que pueda responder, él se va, dejándome sola en el comedor, con más preguntas que nunca. Comienzo a sentir cierta presión en el pecho, me aterraba la idea de entrar a su habitación... —Buenos días, Holly —dice la madre superiora interrumpiendo mis pensamientos—, espero que todo haya salido bien con el padre. —Sí...






