Carlo abrió la puerta con una llave que había obtenido de la manera habitual: un cerrajero comprado, una cerradura “revisada por seguridad”. No dejó que sus hombres tocaran nada. Era su momento, su incursión.
La penumbra olía a polvo leve, a libros cerrados demasiado tiempo. Había silencio de abandono reciente: dos semanas apenas, desde que la había sacado de allí. Un vaso en el fregadero, una bufanda caída sobre una silla, un sobre sin abrir en el suelo. El eco de una vida interrumpida.
Caminó