París tenía un brillo distinto cuando el plan de alguien más dictaba cada detalle.
María lo sintió desde que despertó. Todo estaba orquestado para esa tarde, para el encuentro que Carlo había llamado “fortuito” con un gesto cínico en los labios. Ella sabía que no había nada de fortuito en su mundo: cada paso era cálculo.
La maquillaron con un trazo ligero, sofisticado, como si hubiese nacido con la piel perfecta. El vestido que eligió no era el más revelador de la colección, pero sí el más cert