Mundo ficciónIniciar sesiónEl fin de semana posterior a la boda fue un pozo sin fondo.
Pasé cuarenta y ocho horas encerrada en mi habitación, ahogada en un mar de llanto, repasando cada maldito segundo de la traición de Carlos. Me sentía rota, humillada y vacía. Nunca nadie me había hecho sentir de esa manera, Carlos había sido el primero, y lo peor fue que no lo vi venir. Sin embargo, el domingo por la noche, mientras me miraba al espejo con los ojos hinchados y el rostro pálido, algo dentro de mí hizo clic. Sentí un asco profundo, no solo por él, sino por lo que me estaba haciendo a mí misma. Carlos Mendoza no merecía una sola lágrima más. No valía la pena arruinar mi vida por un cobarde. Tenía que hacer algo conmigo, sacudirme el polvo y empezar de cero. Así que tomé una decisión radical: empaqué lo mínimo, compré un boleto de avión y decidí marcharme a Inglaterra con mi hermano Isaac. Era momento de volver a trabajar, de recuperar mi carrera como modelo y comerme el mundo. ___ Un día después, me acomodé en mi asiento junto a la ventanilla del avión, ajustándome el cinturón mientras dejaba escapar un suspiro suave. Apenas unos minutos antes de cerrar las puertas del avión, una chica de cabello negro, liso y brillante hasta los hombros se sentó a mi lado con una sonrisa amable. Tras el despegue, cuando la ciudad se redujo a la nada bajo las nubes, no aguanté más. Saqué del bolsillo interior de mi chaqueta el anillo de compromiso que Carlos me había dado. La luz del sol impactó contra el diamante, provocando destellos dorados que me dieron asco. Sin pensarlo dos veces, lo deslicé por la pequeña rendija del acrílico protector de la ventanilla, dejándolo caer al vacío metálico, atrapado para siempre. —¿Por qué hiciste eso? —preguntó mi compañera de asiento, boquiabierta. Algo en su mirada limpia me hizo confesar. Le conté, en un resumen cargado de ironía, cómo el maldito infame de mi prometido se había aparecido en nuestra propia boda de la mano de otra mujer para dejarme plantada. —Eso es una monstruosidad —exclamó encendida de pura indignación—. ¡Qué clase de maldito imbécil hace algo así! Lo siento, soy Sophia Kim. —Isabela Castillo —sonreí, sintiendo un alivio real por primera vez—. Viajo a Londres para reiniciar mi carrera como modelo en la agencia de mi hermano. —¡No puede ser! Yo también vivo en Londres. Tienes que darme tu número, Isabela. Esta noche misma nos tomamos unos tragos para brindar por tu nueva vida. ___ Londres me recibió con su característico cielo gris, pero el departamento de Isaac era un oasis de lujo minimalista. Tras un lunes de ponerme al día y acomodar mis pocas pertenencias, el martes por la mañana me arreglé con un conjunto de pantalón de vestir y blusa blanca impecable. Estaba lista para comerme el mundo. Luegué al imponente edificio de cristal y acero de la agencia. En el lobby, una recepcionista con uniforme blanco y negro me barrió con una mirada cargada de desconfianza y arrogancia. —El señor Castillo no recibe visitas sin cita previa —soltó, dándome el alto con soberbia. Podría haberle gritado que era la hermana del maldito dueño, pero mi orgullo no funciona así. No iba a usar mi apellido como escudo. —Él me llamó antes de venir y ando muy apurada —le respondí, sosteniéndole la mirada con una frialdad tan absoluta que la chica titubeó y me dejó pasar. Subí al último piso, ignorando a la asistente ejecutiva que intentó frenarme en el pasillo, y entré a la oficina presidencial sin tocar. Isaac levantó la vista de sus documentos, sorprendido. Al verlo de pie, noté que el entrenamiento le había sentado de maravilla, sus hombros y brazos se marcaban de forma imponente bajo la camisa blanca. —¿Has estado haciendo ejercicio, hermanito? —le solté con una sonrisa pícara y burlona—. ¿O es que buscas darme una cuñada? Isaac rodó los ojos y señaló mi blusa. —Arréglate la camisa, Isa. Es hora de que veas el set de fotografía y te presente al equipo. El piso del set era un caos hermoso: música vibrando, flashes cegadores y asistentes corriendo de un lado a otro. Isaac me presentó con Claudia, la estricta directora del set, quien me evaluó con ojos de águila antes de darme una aprobación silenciosa. Mientras Isaac se marchaba a una junta, me quedé observando a una de las modelos principales en la tarima. Lucía un vestido azul espectacular, pero su pose era rígida, forzada, apagando la magia del vestuario. Sin poder contener mi instinto, me acerqué a Claudia. —Disculpa... si gira el torso ligeramente hacia la luz y baja un poco la barbilla, la caída de la tela tendrá movimiento y su expresión se verá natural, no fingida. Claudia alzó una ceja, dudosa, pero le ordenó al fotógrafo probar el ajuste. El cambio fue instantáneo. La toma quedó perfecta. —Buen ojo, Castillo —soltó Claudia con un matiz de respeto. Por supuesto, el éxito ajeno genera envidia. Al bajar de la tarima, pesqué los murmullos venenosos de las otras modelos: “Es la hermana del director”, “Claro, entró por contactos, no por talento”. Sonreí para mis adentros, ignorándolas. Que hablaran lo que quisieran, mi trabajo se encargaría de taparles la boca. Al terminar la jornada, salí al pasillo tecleando un mensaje para mi madre en el celular. Iba tan distraída que choqué de frente contra un muro sólido de hormigón. Bueno, no era un muro, era un hombre. El impacto fue tan seco que la tablet que llevaba su asistente rodó por el suelo. —Lo siento mucho —dije de inmediato, agachándome a recoger el aparato con rapidez. Al incorporarme, me topé con unos ojos oscuros, serios y de una intensidad tan brutal que me cortaron el aliento. El hombre vestía un traje negro hecho a medida que gritaba poder y elegancia absoluta. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con pulcritud. Me sostuvo la mirada durante un segundo eterno, indescifrable. —No se preocupe —su voz grave y profunda envió una corriente eléctrica directo por mi columna. Asentí, repentinamente incómoda por lo que ese desconocido me hacía sentir, y caminé a paso rápido hacia el elevador. Al girarme para presionar el botón, me di cuenta de que él no se había movido. Seguía estático en medio del pasillo, devorándome con sus ojos oscuros mientras las puertas del ascensor se cerraban, cortando la conexión y dejando mi corazón latiendo a mil por hora. En el pasillo, el asistente rompió el silencio. —Señor Valgas... —lo llamó, viendo que su jefe seguía con la mirada perdida en las puertas cerradas. El hombre de negro no apartó los ojos del indicador de pisos. —¿Quién es ella? —preguntó con voz baja y peligrosa. —No lo sé, señor. Será mejor que nos demos prisa para la junta. El señor Valgas asintió despacio, dando media vuelta con una sonrisa imperceptible. El juego en Londres acababa de comenzar porque él no descansaría hasta volver a encontrarla.






