Mundo ficciónIniciar sesiónEl bar estaba envuelto en una atmósfera perfecta: luces cálidas, música suave de fondo y el murmullo de una multitud vibrante para ser un día entre semana.
—Vamos a la barra a pedir algo de beber —me dijo Sophia, guiándome con entusiasmo entre la gente. Sin embargo, a mitad de camino, Sophia se detuvo discretamente y me tocó el hombro con una sonrisa pícara. —Oye... mira hacia allá. Desde que cruzamos la puerta, aquel hombre no ha dejado de devorarte con la mirada. Giré la cabeza con disimulo y mi respiración se detuvo en seco. Al otro lado de la barra, unos ojos color miel me observaban con una fijeza absoluta. Lo reconocí al instante: era el hombre del pasillo, el del traje negro a medida. Aunque ahora vestía más casual, su mirada conservaba esa misma intensidad brutal y magnética que me había erizado la piel el día anterior. En ese momento, algo cambió dentro de mi cabeza. Quizás fue la copa de vino que me había tomado antes de salir, o tal vez el deseo ardiente de demostrarme que la Isabela sumisa y rota se había quedado en el altar. Decidí seguir mi instinto. —Voy a saludar a un conocido —le anuncié a Sophia, sin romper el contacto visual con esos ojos miel. —Nos vemos cuando nos vayamos. Sophia puso los ojos en blanco con una risa cómplice y me dio un empujoncito en la espalda. —Anda, ve. Caminé hacia la barra sintiendo un ejército de nervios en el estómago. Llevaba siete años sin coquetear con nadie que no fuera Carlos. No tenía idea de qué decir, pero ya no había marcha atrás. Me senté en el taburete vacío justo al lado del hombre de ojos color miel. —¿Qué le sirvo? —preguntó el bartender apareciendo de inmediato. —Un martini, por favor —pedí, forzando a mi voz a sonar segura e implacable. Cuando el empleado se alejó, me giré lentamente hacia mi vecino de barra. —Hola —le dije, sosteniendo una sonrisa que desbordaba una confianza que no sentía. Él giró la cabeza hacia mí, apoyando la mejilla sobre su mano izquierda y descansando el codo en la barra. Sus ojos color miel recorrieron mi rostro de forma lenta, deliberada y abrumadora, deteniéndose en mis lunares y en la curva de mis labios teñidos de rojo. Esa atención tan cruda e inteligente hizo que un calor abrasador me subiera por el cuello. Para disimular el impacto, tomé un sorbo de mi martini recién servido, dejando que el líquido frío me calmara los latidos del corazón. —Hola —respondió finalmente con una voz grave, pausada y una pizca de sonrisa descarada en la comisura de sus labios. —¿Vienes seguido por aquí? —Es mi primera vez en Londres, en realidad. Mi amiga me arrastró. —Buena decisión por parte de tu amiga —comentó con un brillo divertido. —Soy Gerardo, por cierto. —Isabela —respondí, estrechando el lazo invisible que se acababa de crear entre los dos.— Pero puedes llamarme Isa. Gerardo dio un sorbo a su whisky sin apartar sus ojos de los míos. La conversación comenzó a fluir con una facilidad asombrosa. Él tenía un humor seco e ingenioso que me hizo reír genuinamente tras días de pura oscuridad. —¿Y qué te trae a Londres? —preguntó con curiosidad. —No suenas como alguien de aquí. —Trabajo. Digamos que mi vida en Estados Unidos se volvió un poco caótica y vine a trabajar en la empresa de mi hermano para empezar una nueva etapa. —Una nueva etapa —repitió Gerardo, asintiendo con una fijeza extraña, como si mis palabras significaran algo más para él. —Suena interesante. ¿Y tú? ¿A qué te dedicas? —Negocios —respondió de manera vaga con un gesto casual. —Nada muy emocionante, te aburrirías si te lo explico. Solté una carcajada y decidí no presionar. En ese momento, la música del bar cambió a un ritmo alegre y movido que contagiaba a la multitud. Animada por el ambiente, lo miré con un desafío travieso. —¿Bailas? Gerardo alzó una ceja, sorprendido, pero aceptó el reto con una sonrisa cautivadora. —No suelo hacerlo, pero por qué no. Nos abrimos paso hacia la pista. Me dejé llevar por la música, riendo a carcajadas al ver que Gerardo, con movimientos un tanto rígidos pero decididos, hacía un esfuerzo enorme por seguirme el paso. —¡No es tan difícil! —le grité divertida. —Te advertí que no era lo mío —respondió, atrapado en mi juego. De repente, la canción enérgica se cortó y los altavoces comenzaron a reproducir una melodía lenta, profunda y sumamente romántica. A nuestro alrededor, las parejas se abrazaron de inmediato, moviéndose pegadas en una intimidad que me hizo sentir completamente fuera de lugar. El pánico del pasado me golpeó. —Creo que... mejor vuelvo a la barra —murmuré, dando un paso atrás con una sonrisa incómoda. Antes de que pudiera dar media vuelta, una mano firme y cálida me sujetó suavemente de la muñeca, deteniéndome en seco. —Espera —pidió Gerardo. Su voz era un susurro grave, pero cargado de una autoridad innegable. Me giré y me topé con una mirada despojada de toda diversión; ahora era puro fuego e intensidad. Sin darme tiempo a reaccionar, me tiró suavemente hacia él y se posicionó a mi espalda. Sentí sus manos grandes y cálidas colocarse con cuidado sobre mis caderas, guiando mis movimientos al compás lento de la música. Mi corazón se desbocó. Sentía el calor de su cuerpo pegado al mío a través de la tela de mi ropa. Gerardo inclinó la cabeza, apoyando levemente la barbilla sobre mi hombro. Su respiración pausada me rozó la mejilla con cada exhalación, enviando descargas eléctricas directas a mi piel. Cerré los ojos, rindiéndome a la sensación. En ese segundo, Carlos, la traición y el mundo entero desaparecieron. Éramos solo la música y el calor de su cuerpo. Cuando la canción terminó, la burbuja se rompió. Me separé suavemente, experimentando una extraña e inmediata sensación de vacío. —Creo que ya es hora de irme —dije, tratando de estabilizar mi respiración. —¿Ya? —preguntó con una ceja levantada. —Ya —confirmé. Saqué mi teléfono y marqué a Sophia para vernos en la salida. Tardó en responder y, cuando lo hizo, su voz sonaba extrañamente entrecortada. —Isa, estoy bien, pero tengo que colgar porque estoy... muy ocupada con algo —soltó Sophia a toda prisa. —¿Qué? ¿Estás bien? —alcancé a preguntar, pero antes de que colgara, una voz masculina y ronca resonó de fondo con total claridad: “¿Así te gusta?” Escuché un gemido y luego la pantalla se fue a negro. Solté una maldición entre dientes, pasándome una mano por el pelo. Maldita Sophia. —¿Todo bien? —preguntó Gerardo, que no se había apartado. —Mi amiga está... muy ocupada. El problema es que ella tiene el auto, los taxis ya no dan servicio a esta hora y no quiero levantar a mi hermano. Está atrapada mi noche. —Puedo llevarte a un lugar donde puedas descansar —ofreció él con absoluta calma, como si fuera la propuesta más natural del mundo. Lo miré, mordiéndome el labio, dudando. ¿Y si era un maldito psicópata de los que salen en los documentales que ve mi madre? Apenas lo conocía. Pero sus ojos color miel eran limpios y serios, no había alarmas reales y yo no tenía opciones. Exhalé el aire de mis pulmones. —Está bien —acepté. Gerardo asintió y me guió, no hacia la salida principal, sino hacia una puerta trasera que conectaba con un callejón privado bien iluminado. Allí nos esperaba un chofer junto a un Mercedes-Benz Clase GLE negro e impecable. El hombre le entregó las llaves a Gerardo con una reverencia respetuosa. —Señor —dijo. —Gracias —Gerardo tomó las llaves y le deslizó un billete de propina tan generoso que el empleado sonrió abrumado antes de desaparecer. Gerardo me abrió la puerta del copiloto. Subí, envuelta de inmediato por el aroma a cuero nuevo y a una colonia masculina intensa y sumamente varonil. Él rodeó el auto y se acomodó al volante con la naturalidad del hombre poderoso que evidentemente era. El motor arrancó con un rugido suave y nos adentramos en las calles iluminadas de Londres. El silencio en el habitáculo era denso, cargado de una tensión magnética implacable. En un semáforo, al cambiar de velocidad, el dorso de su mano rozó levemente mi muslo. Fue un roce de un segundo, pero mi piel se erizó por completo, enviando un chispazo ardiente directo a mi vientre. Fingí mirar por la ventana para ocultar mi agitación. Finalmente, el Mercedes se detuvo en el estacionamiento de un hotel de absoluto lujo. Gerardo apagó el motor y se giró hacia mí. —Ya puedes entrar y pedir la reservación a tu nombre. Me encargué de hacerla por mensaje mientras salíamos del bar. Lo miré, estupefacta y con una pequeña sonrisa. —¿En qué momento hiciste eso? —Cuando salíamos —respondió simple, con esa seguridad pasmosa. —Gracias, Gerardo. De verdad, gracias por todo. Puse la mano en la manija de la puerta, pero mis músculos no respondieron. Algo me retenía dentro de ese auto, atada a la gravedad de ese hombre. Lentamente, giré la cabeza hacia él. Gerardo ya me estaba mirando. Con una delicadeza inesperada para alguien de su imponente porte, extendió la mano y rozó mi mejilla con las yemas de sus dedos, sosteniéndome como si fuera una pieza de cristal valiosa. Se fue acercando despacio, acortando la distancia hasta que nuestras respiraciones cálidas se mezclaron en el aire atrapado del auto. Sus ojos bajaron a mis labios rojos y regresaron a los míos, pidiendo un permiso silencioso que no necesitaba palabras. Cerré los ojos levemente. Mostrando así que le concedía el permiso. Nuestros labios se encontraron en un beso inicial que pretendía ser delicado y tímido, una suave pregunta, pero la contención de toda la noche estalló en un segundo. El beso se transformó en algo salvaje, urgente y cargado de un hambre voraz que ninguno de los dos pudo anticipar. Sus manos se movieron con firmeza en mi nuca y el mundo exterior se apagó por completo, reducido a la bendita locura de sus labios.






