Capítulo 3

La noche en Londres se sentía menos fría mientras hablaba por videollamada con Sophia.

En el poco tiempo que llevaba aquí, ella se había convertido en un gran apoyo para mí.

Me escuchaba y apoyaba sin mirarme con lástima como solían hacer todos cuando se enteraban de mi historia.

Lo mejor de ella era lo divertida que resultaba, siempre me sacaba una sonrisa sin importar qué tan mal lo estaba pasando.

—Mañana, después de que te tomen las medidas, salimos —me propuso ella con una sonrisa contagiosa a través de la pantalla. —Te prometo que te va a encantar mi recorrido.

—Me hace falta despejarme, Sophia. Trato de no pensar en Carlos, pero su recuerdo aparece cuando menos lo espero. Gracias por estar aquí.

—No es nada. —me asegura ella moviendo la mano en un gesto que indicaba que no le era problema.— Soy increíble, así que la vas a pasar bomba conmigo. Lo único que pido por mi genial compañía es que me hagas una estatua en medio de alguna plaza con la escritura: "La mejor mujer que existe".

Y así, sin más, me sacó una carcajada estridente.

___

Al día siguiente, el despertador me devolvió a la realidad con una energía renovada.

Me vestí con unos jeans ajustados, una blusa clara y una chaqueta ligera, lista para mi cita de medición en la agencia.

Al llegar al set, Claudia y sus asistentes me recibieron con cintas métricas en mano.

Durante una hora me midieron de forma minuciosa.

—Perfecto —concluyó Claudia, revisando su tablet con una sonrisa profesional. —La próxima semana arrancamos la gran campaña publicitaria y tú estás en el equipo principal. Sé puntual, Castillo. Por hoy, eres libre.

Con la tarde libre, me reuní con Sophia en el centro comercial.

Pasamos horas increíbles: recorrimos un museo imponente lleno de arte clásico y terminamos cenando en un restaurante acogedor a la luz de las velas, compartiendo risas y confidencias sobre Harvard y el modelaje.

Por primera vez en mucho tiempo, saboreé lo que significaba la verdadera paz.

Sin embargo, la prueba de fuego llegó al regresar al departamento de Isaac.

Mientras descansaba en mi cama revisando las fotos del día, mis dedos se deslizaron por error hacia imágenes más antiguas en la galería.

Una foto de un viaje a la playa con Carlos me congeló la respiración.

Ahí estaba yo, sonriendo con un conjunto playero que él me había regalado, ciega de amor.

Un nudo amargo me apretó la garganta y mis ojos se llenaron de lágrimas.

Lo que más me destrozaba era lo ciega que había estado. Me dejé engañar como si fuera una niña pequeña.

Por inercia, busqué su nombre en mi lista de contactos. Mi dedo tembló sobre el botón de llamar, ansiando una explicación, una disculpa... algo.

Pero la imagen del altar vacío, su mirada gélida y la sonrisa de Alicia me abofetearon la memoria. «Basta.»

Con un movimiento firme y cargado de rabia, presioné "Eliminar contacto".

El nombre de Carlos Mendoza desapareció de mi teléfono para siempre.

—No voy a volver atrás —me juré en un susurro, limpiándome las lágrimas—. No vas a seguir destruyéndome.

___

A esa misma hora, en el piso más alto de la corporación aliada, los rayos del atardecer se filtraban por los ventanales de cristal, iluminando el rostro de Gerardo Valgas.

Llevaba la camisa blanca desabrochada en el cuello, las mangas remangadas y el cabello ligeramente desordenado tras horas de encierro.

El cansancio lo había vencido en un microsueño sobre su escritorio cuando la puerta se abrió de golpe.

Se enderezó de inmediato, recuperando su postura implacable.

Su asistente, Josh, entró sosteniendo una tablet con evidente nerviosismo.

—¿Y bien? —demandó Gerardo con su voz grave y ronca por el cansancio—. ¿Quién es ella?

—Señor... yo... —Josh tragó saliva—. Revisé las cámaras, los accesos del edificio, el área de modelos... No hay ningún registro de una mujer con esas características en el sistema de la empresa.

Gerardo clavó sus ojos color miel en el chico con una intensidad que le congeló la sangre. Su tono bajó a un susurro peligroso.

—¿Me estás diciendo que una mujer real chocó conmigo ayer en mis instalaciones y tus sistemas no saben quién es?

—Señor Valgas, disculpe —interrumpió su secretaria mayor, entrando de prisa—. Los inversionistas asiáticos lo esperan en la sala de juntas principal en cinco minutos.

Gerardo contuvo la frustración, se puso el saco hecho a medida y salió a la reunión, obligándose a enterrar el recuerdo de la castaña de ojos café que lo tenía extrañamente obsesionado.

Horas más tarde ya en su casa, tras una ducha ardiente para relajar los músculos, Josh le recordó a Gerardo su agenda del viernes: una reunión a las diez de la mañana en Castle Beauty, la agencia de Isaac Castillo, para conocer a las modelos de la nueva campaña.

Cansado de la rutina, Gerardo aceptó la insistente llamada de su amigo Marco para ir a tomar unos tragos a un nuevo y exclusivo bar de la ciudad.

El lugar era elegante, de luces tenues y música suave.

Mientras Marco se alejaba casi de inmediato para coquetear con una rubia en la otra esquina, Gerardo se quedó solo en la barra, saboreando un whisky y ahuyentando con una mirada gélida y distante a un par de mujeres que intentaron acercársele.

Estaba a punto de pedir la cuenta cuando la puerta del bar se abrió de golpe.

Un grupo entró riendo animadamente. Gerardo desvió la mirada con indiferencia, pero sus ojos se detuvieron en seco y su corazón dio un vuelco violento que le robó el aire.

Era ella.

Llevaba el cabello castaño recogido en una coleta alta y reía con total naturalidad junto a una chica de rasgos asiáticos.

La luz tenue del bar acentuaba sus facciones perfectas. No había duda, era la misteriosa mujer del pasillo.

Gerardo sintió una descarga eléctrica recorrerle el cuerpo.

Sus dedos se aferraron al borde de la barra de madera con fuerza, mientras sus ojos color miel la devoraban a la distancia, fijos en cada uno de sus movimientos.

La búsqueda había terminado. El destino la había puesto exactamente donde él quería.

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