El estruendo de la artillería del submarino hacía vibrar los cimientos del faro, pero Katie Moore-Sinclair ya no sentía el impulso de esconderse. Con Leonard Sinclair inconsciente a sus pies y el peso del mando de la Unidad Omega en sus oídos, una claridad gélida se apoderó de ella. No era el miedo lo que la movía, sino una furia metódica. Miró hacia la orilla, donde James Ford corría desesperadamente hacia una lancha rápida de motor doble que cabeceaba sobre las olas.
—Malcom, no le disparen a