El tiempo, esa magnitud que para los Sinclair solía ser una variable controlada en un laboratorio o una secuencia de datos en un servidor, recuperó su naturaleza indomable. Pasaron veinte años desde que las torres de Libertia descendieron sobre el Pacífico. Lo que antes fue una utopía de cristal y aislamiento era ahora una península artificial conectada a la costa de California, rebautizada simplemente como La Hélice. Ya no era una propiedad privada; era un ecosistema donde el silicio y la carn