El estruendo del mar contra los acantilados de la isla parecía corear el vacío que se había abierto en el pecho de Katie. Las palabras de Leonard, gélidas y cargadas de una honestidad brutal, habían terminado de desmantelar lo poco que quedaba de su cordura. Ella no era una mujer; era un diseño. No era una sobreviviente; era un repuesto biológico. Se miró las manos, aquellas que habían trabajado la tierra y acunado a su hijo, y solo pudo ver en ellas el rastro de un laboratorio de alta precisió