El estruendo del colapso digital todavía resonaba en los oídos de Leonard cuando la última brizna de la conciencia de Beatrice se desintegró en el vacío. Libertia, la joya flotante que había desafiado las leyes de la gravedad y la ética humana, comenzó su descenso final. Sin el motor algorítmico de la Matriarca para estabilizar sus reactores de grafeno, la ciudad inició una caída majestuosa y lenta hacia las aguas turquesas del Pacífico. No era una catástrofe, sino un aterrizaje; la utopía de a