El viento del Pacífico rugía sobre la Gran Plaza de Libertia, transformando la arquitectura de cristal en un inmenso instrumento que silbaba una melodía de muerte. La tensión era física; miles de ciudadanos y clones observaban desde los balcones y a través de las pantallas, atrapados en un bucle de confusión absoluta. En el centro del estrado, dos versiones idénticas de Leonard Sinclair se enfrentaban, sus ojos plateados brillando con la misma intensidad fría y calculadora.
Katie avanzó entre a