La playa de la isla se había convertido en un infierno de fuego cruzado y gritos que el viento atlántico apenas lograba dispersar. Leonard Sinclair avanzaba con una ferocidad mecánica, disparando ráfagas precisas mientras cubría el flanco de Katie y el pequeño Leo. El submarino de combate, encallado en los arrecifes, lanzaba fogonazos de artillería que iluminaban la escena con una luz espectral. Sin embargo, en medio del caos, un destello plateado cruzó la neblina. No fue una bala convencional;