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Capitulo 3: Jaula de Oro

El auto se detuvo frente a una mansión que parecía una fortaleza de cristal y piedra. Alessia miró por la ventana, sintiendo que cada metro que avanzaban la alejaba más de su humanidad. El frío del cristal contra su frente era un recordatorio de que su antigua vida se había desvanecido en un parpadeo.

—Bájate —ordenó Killian, rompiendo el silencio sepulcral.

Ella bajó con las piernas flácidas. Al entrar, el lujo la abrumó: mármol negro, techos infinitos y un silencio que gritaba peligro. El aire del recibidor olía a madera costosa y a una soledad imponente que erizaba la piel. Él caminó hacia el bar, sirviéndose un whisky sin ofrecerle nada. El hielo tintineó contra el cristal, un sonido agudo que perforó los nervios de Alessia.

—¿Aquí es donde me vas a matar? —soltó ella, tratando de que su voz no temblara tanto.

Killian soltó una carcajada corta y gélida.

—Si quisiera matarte, Alessia, seguirías en ese suelo sucio del club. No gasto gasolina en cadáveres.

“Es un animal”, pensó ella, apretando los puños. “Un animal hermoso y letal que cree que puede comprarme con este silencio”.

—Entonces, ¿qué? ¿Soy tu trofeo? ¿Tu nueva distracción? —lo encaró, la rabia empezando a ganarle al miedo.

Él se giró lentamente, dejando el vaso en la mesa. Se acercó a ella con pasos depredadores, midiendo cada movimiento, hasta que sus sombras se mezclaron en la penumbra del salón.

—Eres una curiosidad —murmuró, inclinándose hacia su oído—. Nadie me besa para salvarse. Por lo general, huyen de mí para seguir vivos. Tú hiciste lo contrario. Me diste algo que no pedí, y ahora voy a descubrir por qué no bajaste la mirada.

—Fue instinto —replicó ella, sintiendo el calor de su aliento—. Nada más.

—El instinto suele ser honesto —él le tomó la barbilla, obligándola a verlo—. Mañana empezará tu nueva vida. Por ahora, intenta no escapar. Mis perros tienen hambre y no son tan pacientes como yo.

Killian hizo una seña y una sirvienta de rostro inexpresivo apareció para guiar a Alessia por un pasillo interminable. Tras un baño que no logró quitarle la sensación de suciedad interna, se puso la ropa limpia: un vestido sencillo pero costoso que se sentía como una marca de propiedad, una tela suave que le recordaba a cada segundo su falta de libertad.

Minutos después, la escoltaron al despacho. Killian estaba tras un escritorio de caoba, envuelto en humo. Los hilillos grises del cigarrillo flotaban en el aire, creando una atmósfera densa y asfixiante.

—Lo que sea que planees, hazlo rápido —soltó Alessia, intentando sonar firme—. Debo volver a casa esta noche.

Killian dejó el cigarrillo en el cenicero y la miró con una frialdad gélida.

—¿Irte a casa? Cariño, creo que no has comprendido tu situación.

Se levantó y caminó hacia ella. Su mano atrapó su barbilla de manera brusca, obligándola a sostenerle la mirada.

—No te irás de aquí jamás —sentenció.

El corazón de Alessia dio un vuelco doloroso, y el aire pareció desaparecer de la habitación.

—Por favor... no puedo quedarme. Debo volver, te lo suplico.

Él la observaba sin entender. “¿Suplicar por volver con quienes la vendieron? Patético”, pensó con desprecio.

—¡No puedes marcharte de este lugar! —le gritó él, harto de su insistencia.

Sintiendo el mundo derrumbarse, Alessia bajó la cara, apretando los puños hasta que sus nudillos blanquearon. Se mordió el labio con frustración, tragándose las lágrimas de impotencia.

—Si no puedo irme... ¿podrías al menos dejarme hacer una llamada? Por favor.

Killian entornó los ojos dorados.

—¿A quién? ¿A los hermanos que te pusieron un precio?

S.P Rivers

"Al final, la Bestia no necesitaba ser domada, solo necesitaba a alguien que no temiera quemarse en su infierno."

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