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Capitulo 8: El cerco de la Bestia

Alessia cerraba la maleta con manos frenéticas. El cuero desgastado de la vieja valija cedía ante la presión de sus dedos, que no dejaban de temblar debido al pánico. El sonido chirriante de la cremallera parecía un grito ensordecedor en el silencio absoluto de la habitación. Cada segundo contaba, y el tic-tac del reloj en la pared sonaba como una bomba de tiempo.

—Solo un poco más, Dani... —susurró con un hilo de voz, mirando a su hija que dormía profundamente en la cama, ajena por completo a que su mundo estaba a punto de colapsar.

“Tengo que sacarla de aquí. Si él descubre la verdad, si se la lleva y me separa de ella, no podré soportarlo”, pensó con el corazón martilleando con violencia en su pecho. El miedo atroz de perder a su hija, de que ese hombre poderoso y peligroso se la arrebatara para siempre, era un dolor físico real, una opresión en el pecho que le impedía respirar con normalidad. El aire le faltaba en los pulmones.

Apagó las luces de la estancia para no llamar la atención desde el exterior y tomó a la pequeña en brazos con extremo cuidado, envolviéndola en una manta gruesa para protegerla de la helada nocturna. Salió a hurtadillas por la puerta trasera de la vivienda, evitando deliberadamente la calle principal y buscando la protección de las sombras. Pero apenas puso un pie en el pavimento húmedo del callejón, unos faros cegadores se encendieron de golpe justo frente a ella, rompiendo la oscuridad.

El motor de un auto negro rugió como una bestia agazapada. La puerta del conductor se abrió con suavidad y Killian bajó del vehículo, rodeado de esa aura inconfundible de autoridad y peligro que hacía que el aire a su alrededor se volviera denso y pesado.

—¿A dónde crees que vas, Alessia? —su voz era un susurro letal y pausado que cortó la fría brisa nocturna.

—¡Déjanos en paz! —exclamó ella, retrocediendo un paso y apretando a la niña contra su cuerpo—. Ya nos hiciste suficiente daño.

Killian se acercó lentamente, con la confianza de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. Ignoró por completo los insultos y clavó su mirada fija en el bulto que ella cargaba con tanto celo. Sus ojos dorados se suavizaron por un microsegundo, un destello casi imperceptible de calidez al ver el rostro pacífico de la niña, antes de endurecerse de nuevo como la roca.

—Intentaste huir con mi sangre —dijo él, deteniéndose a solo unos centímetros de distancia, invadiendo su espacio—. Eso es algo que no puedo perdonar.

—¡No es tuya! ¡Es mía! —gritó Alessia, intentando sostenerle la mirada, aunque las lágrimas que inundaban sus ojos la delataban por completo.

—Mientes tan mal como besas, cariño —él soltó una media sonrisa amarga e hizo una seña rápida a sus hombres, quienes salieron de la penumbra—. Sube al auto. Por las buenas o por las malas, pero esta noche dormirás en mi casa. No voy a permitir que mi hija pase una noche más en este agujero miserable.

Alessia miró con desesperación a su alrededor. Los hombres de Killian bloqueaban las esquinas. Estaba completamente rodeada. No había salida posible ni rincón donde esconderse.

—Te odio —mascó ella con rencor, con los labios temblando por la rabia y la impotencia.

—Lo sé —respondió él sin inmutarse, abriéndole la puerta trasera del vehículo—. Pero aprenderás que mi odio es mucho más seguro que el mundo que hay afuera. Sube.

 

S.P Rivers

"Al final, la Bestia no necesitaba ser domada, solo necesitaba a alguien que no temiera quemarse en su infierno."

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