La semana había transcurrido en una tensa calma, una burbuja de normalidad que Alessia intentaba proteger con uñas y dientes. Pero el destino, en manos de un hombre como Killian Cavallaro, nunca olvida una deuda.Mientras preparaba la merienda en la cocina, el sonido del timbre rasgó el aire. Daniela, con la energía propia de sus cuatro años, corrió hacia la entrada.—¡Yo abro, mami!—¡Espera, Dani! —gritó Alessia, pero ya era tarde.Al llegar a la puerta, el corazón de Alessia se detuvo. Allí, recortado contra el atardecer, estaba él. Su figura imponente y su mirada de ámbar hacían que la pequeña casa se sintiera minúscula, asfixiante.—Hola —dijo Killian con una voz que, aunque tranquila, cargaba el peso de una sentencia—. ¿Has estado bien?Alessia palideció, sintiendo que el suelo se inclinaba. Sus manos comenzaron a temblar violentamente.—Tú... ¿cómo...? ¿Por qué estás aquí? ¿Qué quieres?Por puro instinto, Alessia rodeó a Daniela con sus brazos, pegándola a su cuerpo como si pud
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