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Capitulo 5: Sombras en el Espejo

Killian sostenía la fotografía con una fijeza que rozaba lo obsesivo, apretándola entre sus dedos como si temiera que fuera un espejismo. El silencio en el despacho se volvió pesado, un vacío incómodo y sofocante que Alessia no sabía cómo llenar. Sus ojos dorados no se apartaban ni un segundo de los rasgos de Daniela: ese cabello rubio ceniza tan familiar, esas pecas salpicadas en el rostro... un reflejo idéntico que gritaba una verdad que él todavía no estaba listo para procesar en su mente.

—¿Killian? —susurró ella, rompiendo el trance que parecía haberlo congelado—. ¿Pasa algo? ¿Qué te sucede?

Él cerró la libreta con un movimiento seco e imprevisto, recuperando de inmediato su habitual máscara de hierro.

—No es nada —sentenció con una frialdad que cortaba el aire por completo, aunque por dentro su mente era un caos absoluto de cálculos, fechas y sospechas. Levantó la mano con firmeza y el mayordomo apareció al instante en el umbral—. Escolten a la señorita Alessia a su casa. Prepara el auto. Ahora.

Alessia parpadeó un par de veces, completamente aturdida por el cambio repentino de parecer.

—¿Qué? ¿Me dejas ir? —lo observó confundida, notando que su postura corporal era rígida, casi extraña y distante.

No hubo respuesta de su parte. Mientras ella seguía los pasos del mayordomo por el largo pasillo, no pudo evitar mirar atrás una última vez. Killian estaba de pie frente al gran ventanal, una silueta oscura y pensativa perdida en el horizonte iluminado de la ciudad, con una mirada tan intensa que parecía capaz de incendiar el propio cristal.

El trayecto de regreso fue un borrón confuso de luces de la calle. Al llegar a su modesta vivienda, el alivio la golpeó como una ola gigante. Entró a la casa tropezando con sus propios pasos fatigados.

—¡Señorita! Pensé que no vendría hoy —dijo Ana, la niñera, recibiéndola con preocupación en la estancia.

—Hola, Ana —respondió Alessia, exhalando el aire contenido que parecía haber retenido en sus pulmones toda la noche—. Hoy fue un día muy caótico, pero logré llegar. ¿Y Dani?

—Ya se ha quedado dormida. Se tranquilizó mucho después de que usted la llamara por teléfono.

—Eso es bueno... —Alessia forzó una sonrisa reconfortante—. Ya puedes irte a casa, Ana. Gracias por todo.

Tras despedirla en la puerta, caminó a pasos lentos hacia la habitación de su pequeña hija. Al ver a Daniela dormir tan plácidamente en su cama, el terror de las últimas horas se disolvió en lágrimas silenciosas que rodaron por sus mejillas. Se acomodó con cuidado a su lado, sintiendo el tierno calor de la pequeña. El agotamiento físico y mental, finalmente, la venció, y se sumergió en un sueño profundo y pesado, sin saber que, a kilómetros de allí, el hombre que la dejó ir no podía dejar de pensar en esa fotografía.

Killian permanecía estático en su despacho, rodeado por el silencio sepulcral de la madrugada. El humo denso de su cigarrillo formaba figuras caprichosas en el aire que parecían burlarse abiertamente de su autocontrol. “Esa mirada... esos ojos dorados”, pensaba una y otra vez mientras la imagen de Daniela se repetía en su mente como una fijación peligrosa.

Los recuerdos oscuros que creía enterrados bajo pesadas capas de sangre, dinero y poder emergieron con una fuerza violenta y dolorosa. Cinco años atrás, en una noche de lluvia torrencial, su mundo se había vuelto borroso e incontrolable. Sus enemigos más despiadados le habían tendido una trampa mortal, drogándolo con un afrodisíaco letal diseñado específicamente para doblegar incluso a un hombre de su temple. Recordaba con claridad el frío del callejón, el dolor punzante de las heridas en su cuerpo y, sobre todo, unas manos suaves y cálidas que lo arrastraron lejos del peligro inminente.

Aquella joven desconocida lo había llevado a su humilde hogar, cuidando de él con esmero sin saber que estaba refugiando a un verdadero monstruo. Pero la droga en su sistema era mucho más fuerte que su propia gratitud. En medio de la bruma espesa del veneno, la tomó a la fuerza. Recuerda perfectamente su resistencia inicial, el llanto ahogado de la chica que luego se transformó en una rendición silenciosa e inevitable bajo su toque demandante. Al amanecer, sus hombres lo rescataron del lugar; él prometió regresar por ella, pero la mujer se esfumó por completo sin dejar el menor rastro.

“¿Podría ser ella?”, se preguntó Killian en voz alta, apretando el vaso de whisky con tanta fuerza que sus nudillos se blanquearon por la presión. Nunca recordó su rostro con claridad, solo la suave sensación de su piel y ese aroma particular que, extrañamente, creyó reconocer en el cuerpo de Alessia cuando la tuvo cerca hace solo unos instantes.

—Si esa niña es mía... —murmuró con una voz ronca que prometía tormentas implacables—. El abismo entero no será suficiente para esconderlas de mí.

 

S.P Rivers

"Al final, la Bestia no necesitaba ser domada, solo necesitaba a alguien que no temiera quemarse en su infierno."

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