Inicio / Romance / Propiedad de la Bestia / Capitulo 2: El Reclamo del Oro
Capitulo 2: El Reclamo del Oro

El silencio en la habitación VIP era casi asfixiante. Alessia sentía la mirada dorada de aquel hombre perforándola, despojándola de cualquier rastro de valentía que le hubiera quedado tras el beso. Sus dedos, aún temblorosos, se apartaron lentamente de los hombros de él.

—Yo... lo lamento —susurró ella, su voz apenas un hilo quebrado—. Los hombres afuera... mi hermano me vendió a este lugar y solo intentaba que no me vieran. No sabía quién era usted, solo necesitaba un refugio.

Él no respondió de inmediato. Exhaló una última nube de humo grisáceo que se disipó entre ambos.

“¿Un refugio?”, pensó él mientras la recorría con una calma letal. “Nadie busca refugio en las garras de un lobo para escapar de los perros”.

Hacía años que nada lograba sacarlo de su apatía. Las mujeres para él eran sombras, transacciones o adornos, pero esta chica de ojos avellana había encendido una chispa de curiosidad que quemaba más que el cigarrillo entre sus dedos. Su audacia, ese acto desesperado de marcar su territorio sin permiso, había despertado a la bestia que él mantenía bajo llave.

—¿Crees que puedes entrar en mi espacio, usarme como escudo y luego simplemente pedir disculpas? —su voz era baja, una vibración peligrosa que le recorrió la espalda de Ella—. En mi mundo, todo tiene un precio.

—Pagaré lo que sea cuando logre salir de aquí —respondió ella con una chispa de su antigua voluntad—. Solo déjeme ir antes de que esos hombres regresen.

Él soltó una risa seca, carente de humor, y se puso de pie. Su altura era imponente, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

“Es valiente, incluso cuando está a punto de romperse”, observó él internamente. “Me gusta. Quiero ver cuánto tarda esa voluntad de hierro en doblarse bajo mi mano”.

—No vas a ir a ningún lado —sentenció él, haciendo una señal a sus guardaespaldas—. La subasta está por empezar, y yo no dejo que lo que es mío se subaste a otros.

—¡Yo no soy de nadie! —exclamó ella, retrocediendo un paso, pero chocando contra el pecho de uno de los hombres armados.

—Te equivocas —dijo él, acercándose hasta que Ella pudo oler su perfume a madera y peligro—. Desde el momento en que tus labios tocaron los míos, dejaste de pertenecerle a tu familia y a este club. Ahora, eres mi propiedad.

Él la tomó del brazo con una firmeza que no admitía réplica. El contacto de su mano grande y cálida contra la piel fría de Ella la hizo estremecer. La arrastró fuera de la habitación VIP, ignorando las miradas de pavor de los dueños del club, que ni siquiera se atrevieron a reclamar su "mercancía" más valiosa.

Afuera, la noche era gélida, y un imponente auto negro blindado los esperaba con el motor ronroneando como una bestia al acecho.

—Entra —ordenó él con una voz que sonó como el chasquido de un látigo.

Ella, temblando visiblemente, obedeció. Sabía que no tenía opción; los guardias armados que los rodeaban eran una barrera infranqueable. Se hundió en el asiento de cuero del vehículo, sintiéndose diminuta. Una vez dentro, comenzó a jugar con sus manos, retorciendo sus dedos con nerviosismo mientras el auto se ponía en marcha.

Él se sentó a su lado, manteniendo una distancia que se sentía como un abismo. Encendió un cigarrillo, su mirada fija en las luces de la ciudad que pasaban veloces por la ventana, sumido en una indiferencia absoluta que la ponía aún más tensa.

—¿Cómo te llamas? —preguntó de pronto, sin mirarla.

—Alessia... —respondió ella con la voz quebrada.

—Alessia —repitió él, saboreando cada sílaba como si estuviera probando un vino caro—. Bueno, Alessia. Soy Killian Cavallaro. Dueño de la mitad de esta ciudad y líder de la mafia más grande de este país.

El aire pareció escaparse de los pulmones de Alessia. Había oído ese nombre en susurros cargados de terror; había caído en un abismo del que la muerte parecía la única salida.

—¿Qué... qué quieres de mí? —logró tartamudear.

—Eso depende de ti, cariño —respondió Killian con un tono cargado de crueldad y un deje de sarcasmo—. Fuiste tú quien inició todo esto con ese beso.

—¡No fue a propósito! Fue una situación desesperada —exclamó ella, intentando defenderse.

Killian giró la cabeza lentamente, sus ojos dorados brillando en la penumbra del auto.

—Bueno, ahora estás aquí. Yo decidiré qué hacer contigo a partir de ahora. Tú solo sé una buena chica y obedece.

S.P Rivers

"Al final, la Bestia no necesitaba ser domada, solo necesitaba a alguien que no temiera quemarse en su infierno."

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP