Mundo ficciónIniciar sesiónElena fue obligada por su padre a casarse con el implacable magnate Alessandro Valenti, a cambio de pagar el tratamiento para salvar la vida de su madre. Para él, ella es solo una mujer aburrida a la que desprecia y que ha sido elegida por su familia para ser la esposa perfecta. Pero lo que Alessandro no sabe es que Elena lleva una doble vida: por las noches, oculta tras una máscara, es la sensual bailarina de un club nocturno con la que él tuvo una inolvidable noche de pasión y con la que ahora está completamente obsesionado. Mientras Alessandro mueve cielo y tierra para encontrar a su misteriosa amante, Elena hace todo lo posible por ocultar su identidad, sabiendo que el secreto que comparten podría destruirlos. ¿Qué pasará cuando el frío magnate descubra que la mujer que tanto desea es la misma esposa que juró jamás amar?
Leer másEl cristal de la oficina de mi padre en el piso cincuenta y cuatro de aquel rascacielos en Manhattan parecía la única barrera entre mi cordura y el abismo. El sol de la tarde golpeaba los edificios de Nueva York con agresividad, como si presagiara lo que estaba apunto de suceder. yo, en cambio, me sentía acorralado ante sus absurdas exigencias, odiaba que fueran tan intransigentes, siempre tan tradicionales mientras que a mí estudiar en América me había abierto el panorama a una forma de vivir completamente distinta a la de la sociedad italiana, con sus absurdos principios moralistas que tanto despreciaba.
—No te estamos preguntando, Alessandro. Es una decisión tomada —la voz de mi padre, fría como el mármol cortó el silencio—. Los inversionistas necesitan estabilidad. Un hombre casado transmite confianza, además has tenido tiempo suficiente para andar de cama en cama, ya es hora de que sientes cabeza. Me di la vuelta, sintiendo que el nudo de mi corbata me asfixiaba. —No estamos en el siglo pasado para arreglar un matrimonio por conveniencia, estás hablando de mi vida, no de uno de tus negocios. —hice una mueca de fastidio Debo reconocer que Elena no está mal. Es cierto que nos conocemos lo suficiente; crecimos juntos, y ella estaba dos cursos por debajo mío en la universidad. Pero, por Dios, es terriblemente aburrida: silenciosa y sumisa, siempre vestida con un traje blanco de corte impecable, como una planta exótica cuidada en un invernadero, hermosa pero sin vida. Yo nunca la he visto como algo más que una hermana: puedo cuidarla, prestarle ayuda cuando sea necesario, pero eso de ninguna manera es amor. No puedo imaginar pasar el resto de mi vida con alguien tan carente de personalidad. Mi madre, sentada en el sofá de cuero con la elegancia de una reina, tenía los ojos enrojecidos y me miraba con una profunda tristeza, le dolía profundamente la vida de excesos y desenfrenos que siempre había llevado, jamás le presenté a una novia formal, por el contrario, se enteraba de la manera más desafortunada de mis múltiples andanzas con distintas mujeres a través de las revistas de chismes; y eso para cualquier madre representaba una gran preocupación. —Es una joven maravillosa, Alezandro, de buena familia, discreta, sabe cuál es su lugar. estoy segura que con la convivencia, con el tiempo vas a terminar enamorándote de ella, Elena es perfecta, hazlo por mí, cariño, yo sólo quiero lo mejor para ti, no me causes un disgusto rechazando este matrimonio. Tú sabes lo que la familia de Elena significa para nosotros y que hemos soñado con este matrimonio desde que ustedes eran niños. respiré profundo, mi madre siempre sabía que palabras usar para darme justo en el corazón, ella era mi debilidad y por ningún motivo me permitiría ser yo el causante de su sufrimiento. — está bien, madre, me casaré con Elena, pero que quede claro que sólo lo hago por el bien de la familia, seremos marido y mujer sólo de nombre, pero entre nosotros nunca habrá nada, no esperen que me convierta en un esposo cariñoso, porque eso nunca va a suceder —respondí sintiendo en cada palabra una sensación amarga. —No esperaba menos de mi heredero, sabía que entrarías en razón, no te pedimos que te enamores, hijo, sólo que hagas lo correcto, y casarte con Elena sin duda es lo que necesitas para terminar de consolidarte como el digno sucesor de esta familia —celebró mi padre, mirándome como si hubiera cerrado un trato millonario y no el futuro de su hijo. salí de la oficina de mi padre sintiendo que el mundo me daba vueltas, mi vida estaba apunto de cambiar radicalmente y necesitaba olvidarme de sus imposiciones, de qué muy pronto mi vida estaría atada a una mujer que ni en mis peores sueños hubiera imaginado para mí, Elena tenía buen corazón, pero no entendía cómo podía prestarse a aquella farsa que sin duda nos haría infelices a los dos. El ambiente en The Velvet Room era una mezcla de humo, perfumes caros y el latido constante de un bajo profundo que retumbaba en mis sienes. Mis amigos reían, ajenos a la tormenta que cargaba encima. —Vamos, Ale, olvida a los viejos por una noche —dijo Mark, dándome una palmada en el hombro. A mi lado estaba Chloe, una amiga de nuestro círculo social que desde que llegamos al club, no perdía oportunidad para coquetear conmigo, ella se inclinó tanto que pude oler su perfume dulzón y empalagoso. —Deberías relajarte, Alessandro —susurró, pasando una uña larga por mi antebrazo—. Yo puedo ayudarte con esa tensión. La ignoré. Mis ojos se perdieron en el escenario central, donde una figura espectacular se movía bajo un foco ámbar. Llevaba una máscara de encaje negro que solo revelaba unos labios pintados de un rojo letal y unos ojos que brillaban con una intensidad eléctrica. No era la típica bailarina de club; se movía con una gracia felina, una sensación de salvajismo e incluso de libertad desenfrenada. Sentí una extraña familiaridad en su forma de girar, en la curva de su espalda. Esa era el tipo de mujer que me quitaba el aliento. Alguien con fuego, no una sombra silenciosa como Elena. —¿Alessandro?— Chloe, al verme distraído, dejó entrever un destello de celos en sus ojos y apretó con fuerza la copa que sostenía. —¿Qué estás mirando con tanto interés? —Nada, le respondí ofuscado. Un sentimiento de irritación difícil de disipar se levantó en mi corazón. Sin embargo, esa sensación de familiaridad se intensificaba cada vez más, pero ¿cómo podría alguien tan sumisa como Elena, tener alguna conexión con una mujer tan ardiente? El pensamiento de mi compromiso me golpeó de nuevo, agriando el alcohol en mi boca. Me sentí irritado, atrapado entre lo que deseaba y el deber que me asfixiaba. —Me voy —dije, dejando la copa a medio terminar sobre la mesa. —¡Oh, no te vayas tan pronto! —Chloe tomó mi brazo, sus ojos brillando con algo que no supe identificar—. Bebe lo último de tu copa, cariño. Me pasó el vaso. En mi estado de ira, solo quería terminar con aquello y lo apuré de un trago. Pero, apenas unos segundos después, el mundo dio un vuelco violento. Mi corazón comenzó a martillear contra mis costillas con una arritmia aterradora. El sudor frío estalló en mi frente y una neblina densa se instaló en mi cerebro, nublando mi visión. Miré a Chloe; ella sonreía de una forma depredadora, esperando a que el peso de mis párpados me venciera. —¿Qué... qué me has puesto? —mi voz salió como un gruñido roto. —Solo algo para que dejes de pensar tanto y que por fin voltees a mirarme. La furia me dio la fuerza necesaria para empujarla y ponerme en pie. Odiaba la manipulación, detestaba que intentaran doblegar mi voluntad. Tambaleándome, chocando contra las mesas y la gente que se movía como sombras borrosas, busqué la salida de emergencia. El pasillo trasero estaba oscuro, el aire se sentía escaso y mis rodillas amenazaban con fallar en cualquier momento. Me apoyé contra la pared fría, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies. un calor abrazador me recorrió por completo, mi cuerpo comenzó a reaccionar al afrodisíaco que esa serpiente había colocado en la bebida. Y de pronto sentí unas manos pequeñas pero firmes sosteniéndome por los hombros y una voz suave, cargada de preocupación genuina, perforó el zumbido de mis oídos. —¿Se encuentra bien? ¡Eh! Míreme... ¿qué le pasa? Hice un esfuerzo sobrehumano por enfocar la vista. Era ella. La mujer de la máscara.La luz de la mañana se filtraba por las cortinas de seda del ático, pero no traía ningún alivio. Me senté a la mesa del desayuno, manteniendo la espalda recta y el rostro sereno, tal como me habían enseñado desde niña. Al otro lado, Alessandro leía unos informes mientras tomaba su café. No pude evitar observarlo por encima de mi taza. Seguía siendo ese hombre de facciones impecables y presencia magnética que recordaba de la escuela, pero ahora su belleza me resultaba lejana, casi hiriente.Él notó mi mirada y frunció el ceño sin apartar la vista de sus papeles.—Esta noche tengo asuntos de trabajo —dijo con voz gélida—. No es necesario que me esperes para cenar.—Entiendo —respondí con sencillez, bajando la vista a mi plato.No hubo más palabras. Se levantó, ajustó su saco y salió del departamento sin despedirse. Apenas cerró la puerta, el silencio me envolvió, pero no duró mucho. El vibrar de mi teléfono sobre la mesa me sobresaltó. Era de parte del hospital.—¿Diga? —contesté, sinti
El silencio en el ático de Manhattan era gélido, roto únicamente por el sonido metálico de Alessandro al despojarse de su reloj de pulsera. Me quedé de pie junto a la ventana, observando las luces de la ciudad, mientras el peso del vestido de novia se convertía en una carga insoportable. Él se aflojó la corbata con un gesto brusco, denotando una impaciencia que no se molestó en ocultar.—Vamos a dejar las cosas claras desde el principio, Elena —dijo sin mirarme. Su voz era cortante, despojada de cualquier calidez—. No estoy interesado en una mujer como tú.Me giré lentamente, sintiendo una punzada de dolor en el pecho. Alessandro caminó hacia el minibar, sirviéndose un vaso con un licor ámbar.—Este matrimonio es una maldita transacción que nuestras familias forzaron por pura conveniencia —continuó, fijando finalmente sus ojos en los míos, cargados de una frialdad absoluta—. No quiero que albergues esperanzas de que esto se convierta en algo real. No anheles sentimientos imposibles en
Mientras me miraba en el espejo de la suite de la iglesia, apenas reconocía a la mujer que me devolvía la mirada. El encaje cubría cada centímetro de mi piel, ocultando los secretos de aquella noche en el club, esa última chispa de libertad que ahora se sentía como un sueño lejano. Mi padre entró en la habitación, ajustándose los puños de la camisa con una satisfacción que me revolvía el estómago.—Es hora, Elena. No arruines esto. Los Valenti esperan a una mujer virtuosa.No le respondí. Simplemente tomé el ramo y caminé hacia la puerta.El trayecto hacia el altar fue un borrón de rostros conocidos y música nupcial. Sin embargo, mi vista solo estaba fija en él. Alessandro estaba de pie al final del pasillo, impecable en su traje oscuro. Se veía tan imponente como lo recordaba de nuestros años en la escuela, pero su expresión era distinta. No había rastro del hombre que actuaba con gentileza en la universidad, en su lugar, había un bloque de hielo.Él siempre fue mi amor silencioso. R
Entré en la mansión por la puerta de servicio, moviéndome con cuidado para no despertar a nadie. Mis pies descalzos apenas hacían ruido sobre el mármol. Me escabullí en mi habitación y puse el cerrojo. Me deshice de la ropa que usé en el club y la escondí en el fondo del armario. Después de una ducha rápida, me acosté, pero el recuerdo de la fuerza de aquel hombre y la intensidad de lo que pasó en la oscuridad no me dejaba conciliar el sueño, todavía podía sentir como sus manos acariciaban mi piel, el sabor de sus besos sobre mis labios. Pero no, no podía seguir pensando en eso, tenía que sacarlo de mi mente, aquello sólo había sido una locura, un momento sublime, pero una locura al fin. A la mañana siguiente, bajé al comedor. Mi padre ya estaba allí, revisando unos documentos mientras desayunaba. Me miró con una seriedad que ya conocía.—Elena, siéntate. Tenemos que hablar del futuro de esta familia.Mi madrastra, Beatriz, entró en ese momento y se sentó a mi lado con una sonris
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