Mundo ficciónIniciar sesiónLa semana había transcurrido en una tensa calma, una burbuja de normalidad que Alessia intentaba proteger con uñas y dientes. Pero el destino, en manos de un hombre como Killian Cavallaro, nunca olvida una deuda.
Mientras preparaba la merienda en la cocina, el sonido del timbre rasgó el aire. Daniela, con la energía propia de sus cuatro años, corrió hacia la entrada.
—¡Yo abro, mami!
—¡Espera, Dani! —gritó Alessia, pero ya era tarde.
Al llegar a la puerta, el corazón de Alessia se detuvo. Allí, recortado contra el atardecer, estaba él. Su figura imponente y su mirada de ámbar hacían que la pequeña casa se sintiera minúscula, asfixiante.
—Hola —dijo Killian con una voz que, aunque tranquila, cargaba el peso de una sentencia—. ¿Has estado bien?
Alessia palideció, sintiendo que el suelo se inclinaba. Sus manos comenzaron a temblar violentamente.
—Tú... ¿cómo...? ¿Por qué estás aquí? ¿Qué quieres?
Por puro instinto, Alessia rodeó a Daniela con sus brazos, pegándola a su cuerpo como si pudiera ocultarla de la voracidad de aquel hombre. El miedo a que él le arrebatara lo único puro en su vida la estaba consumiendo.
—Cálmate, no te haré daño —suspiró él, aunque sus ojos no dejaban de escanear cada rincón de la vivienda—. Solo vine a charlar contigo un momento. ¿Puedo pasar?
—Ya estás adentro... —mascó ella con amargura.
Killian avanzó con una elegancia depredadora y se sentó en el modesto sillón de la sala, que bajo su peso parecía un trono.
—Ven, Alessia. Tenemos mucho de qué hablar.
Ella obedeció, sentándose frente a él sin soltar a la pequeña. Daniela, ajena al abismo que se abría entre los adultos, observaba al extraño con una curiosidad inocente.
—Mami, ¿quién es él? —preguntó la niña, ladeando la cabeza.
Alessia tragó saliva, acariciando el cabello de su hija con dedos gélidos.
—Un amigo, cariño. ¿Podrías ir a jugar a tu cuarto? No salgas hasta que yo te llame, ¿sí?
—Vale, mami —Daniela obedeció y se marchó saltando, dejando tras de sí un silencio sepulcral.
Alessia clavó su vista en Killian, temblando de ira y terror.
—Dilo de una vez. ¿Qué es lo que quieres de nosotras?
Killian se recostó en el sofá, observando las fotos familiares en la pared con una parsimonia que ponía los pelos de punta a Alessia.
—Bonita casa —comentó él, su voz era como terciopelo rozando una navaja—. Aunque parece que siempre te ha gustado cuidar de los demás, incluso cuando no sabes quiénes son.
Alessia frunció el ceño, confundida.
—No sé de qué hablas. Solo trato de sobrevivir.
—¿Ah, sí? —él ladeó la cabeza, fijando sus ojos dorados en ella—. Dime, ¿todavía guardas ese viejo botiquín? Ese que usabas para limpiar heridas de extraños en noches de lluvia... hace unos cinco años, por ejemplo.
El color abandonó el rostro de Alessia. Sus manos, que descansaban en sus rodillas, se cerraron en puños.
—¿Cómo... cómo sabes eso? —susurró, con la voz quebrada—. Nadie sabe lo que pasó esa noche. Yo... yo me mudé, cambié todo.
—El destino tiene una forma graciosa de cobrarse las deudas, Alessia —Killian se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio personal—. Recuerdo una habitación pequeña, el olor a desinfectante y el sonido de la lluvia golpeando el techo mientras alguien intentaba salvarme de mis propios demonios.
Alessia sintió un escalofrío eléctrico. Las piezas del rompecabezas, que ella había intentado tirar al mar, empezaron a encajar con una violencia aterradora. El parecido de Daniela, la mirada de Killian, esa aura de peligro que le resultaba familiar de una forma dolorosa.
—Fuiste tú —dijo ella, con lágrimas de pura realización—. El hombre del callejón... el que me arrebató todo esa noche mientras yo intentaba ayudarlo.
—No te arrebaté todo —murmuró él, mirando hacia la puerta del cuarto de la niña—. Parece que te dejé un pedazo de mí.
S.P Rivers
"Al final, la Bestia no necesitaba ser domada, solo necesitaba a alguien que no temiera quemarse en su infierno."







