El silencio que siguió a las palabras de Alessia fue tan denso que parecía poder cortarse con un cuchillo. En el umbral de la habitación, oculto por las sombras del pasillo, Killian contenía la respiración. Sus manos, expertas en manejar armas y decidir el destino de hombres poderosos, estaban extrañamente rígidas. Esperaba un grito, una risa o quizás que la pequeña corriera hacia él. Pero el mundo de la mafia no lo había preparado para la honestidad brutal de un niño.
Daniela dejó caer el jugu