La ciudad estaba tranquila esa noche, envuelta en una calma que parecía hecha a propósito para ellos. Ezequiel caminaba junto a Valentina después de la cena, con las manos rozándose a ratos, como si ninguno quisiera admitir que ese contacto simple ya les bastaba para sentirse completos.
—Gracias por hoy —dijo Valentina, deteniéndose un momento bajo un farol—. Lo necesitaba.
Ezequiel la miró con esa expresión serena que había aprendido a cultivar desde que estaban juntos.
—Yo también. A veces en