La ciudad estaba tranquila esa noche.
No en silencio absoluto, sino en ese murmullo lejano que acompaña cuando todo lo importante ya ocurrió y el corazón por fin puede bajar la guardia. Fiorela cerró la puerta del departamento con cuidado, como si no quisiera despertar nada más que lo que ya latía dentro de ella.
Santiago estaba allí.
Sentado en el sofá, con una copa de vino en la mano y la chaqueta dejada de lado. No la miró de inmediato. Esperó. Como si supiera que ese momento necesitaba espa