El amanecer se dividió en dos caminos, y ambos partían del mismo hogar.
Ezequiel ajustó el nudo de su corbata frente al espejo mientras Valentina, ya su esposa, le acomodaba el cuello de la camisa con manos firmes y una sonrisa serena. No había nervios exagerados entre ellos, solo esa tensión profunda que aparece cuando sabes que estás a punto de cruzar una frontera importante.
—Lo logramos llegar hasta aquí —dijo Valentina en voz baja—. Pase lo que pase hoy, ya somos un equipo.
Ezequiel l