Emilia lo notó antes de que Fiorela dijera una sola palabra.
Fue en un gesto mínimo.
En la forma en que dejó las llaves sobre la mesa.
En cómo caminó por el living sin apuro, sin rigidez, sin esa tensión constante que durante años había habitado en sus hombros.
Fiorela estaba distinta.
No distraída. No despreocupada. Sino segura.
Emilia cerró lentamente la carpeta que tenía entre las manos y apoyó la espalda en el respaldo del sillón. Había aprendido, como agente y como madre, que los cambios v