El aula estaba en silencio, pero no era un silencio sereno. Era uno cargado, expectante, de esos que anuncian que algo está a punto de cambiar. Ezequiel lo percibió apenas tomó asiento. Llevaba tiempo entrenando su intuición, y sabía reconocer cuándo el ambiente se volvía tenso.
Valentina se sentó a su lado. Cruzaron una mirada breve, cómplice, sin palabras. Desde el primer año habían aprendido a leerse así, desde aquel primer cruce en la escuela de investigaciones que cambió más de lo que ambo