Kael no durmió.
No porque no pudiera… sino porque cada vez que cerraba los ojos, la veía.
Lía.
Su respiración agitada. Su mirada confundida. La forma en que su cuerpo había respondido al vínculo como si nunca hubiese sido rechazado.
Como si nunca hubiese sido libre de él.
Kael se apoyó contra la pared de piedra, pasando una mano por su rostro con frustración. El silencio de su habitación era engañoso, porque dentro de su cabeza todo era ruido.
—Estás perdiendo el control —gruñó.
—No —respondió