El dolor no fue un impacto, ni el roce de una garra; fue una erosión. Empezó en un estrato de su alma que Lía ni siquiera sabía que poseía, una capa profunda, anterior a sus recuerdos, anterior a su propio nombre. Su mano, crispada sobre la cicatriz, ya no sentía piel ni tejido cicatricial; sentía una vibración sónica, un latido que no iba al ritmo de su corazón, sino al ritmo de algo inmenso y subterráneo que despertaba tras un letargo de eones. La sala principal de la mansión comenzó a desdib