El silencio que se instaló en el gran salón tras la declaración de Kael no fue el silencio del respeto, ni mucho menos el de la sumisión. Fue una pausa armada, una tensión contenida y espesa que vibraba en el aire como la estática antes de una tormenta eléctrica. Cada miembro de la manada presente —desde los guerreros con cicatrices de mil batallas hasta los rastreadores más jóvenes— parecía estar procesando la misma información, pero con resultados peligrosamente distintos.
Kael no se movió. S