El estruendo de la manada en alerta —el chocar de las armas, los aullidos de mando, el caos de los centinelas— quedó asfixiado detrás de la pesada puerta de roble cuando Kael la cerró. No lo hizo con un golpe violento, sino con una lentitud deliberada, girando la llave con un clic que sonó como un disparo en el silencio de la habitación. Era un acto de rebelión contra su propio destino: por una noche, el Alfa no existía.
El silencio que se instaló no fue un vacío; fue una presencia. Pesado, den