El bosque ya no era solo un conjunto de árboles y sombras; era un organismo vivo que respiraba al unísono con la furia contenida de Kael. Cada paso del Alfa sobre la hojarasca seca sonaba como una sentencia, una marcha fúnebre para la paz que una vez reinó en su territorio. No necesitaba rastrear, no necesitaba buscar huellas; el vínculo con su tierra le estaba gritando que había una infección en el límite norte, un punto donde la lealtad se había podrido.
Lía caminaba a su lado, sus sentidos a