El frío de la celda de detención no era tan penetrante como el de la mirada que Nathaniel Vance le había dedicado.
La humillación pública había sido brutal, un espectáculo televisado que la había desnudado ante el mundo como una psicópata obsesiva, pero Rebecca Thorne, incluso con las muñecas esposadas y el corazón aún convulsionado por la rabia, sentía una extraña chispa de desafío. Estaba en la cárcel, sí, pero no estaba muerta, y Vance la había visto, había visto su verdad.
La mañana de su t