El sonido metálico del teléfono resonó en el Despacho Oval, rompiendo la tensa calma. La voz de David Hayes, por lo general imperturbable, sonaba ronca, casi quebrada. Nathaniel Vance, sentado frente a su escritorio, había estado sumido en una silenciosa contemplación de los titulares que gritaban la "locura de Rebecca Thorne". Su café permanecía intocado, al igual que el muffin que muy amablemente el chef había preparado para él.
Davis había empujado las puertas, exaltado y sudoroso.
—Presiden