La confesión de Rebecca había resonado en el pequeño despacho como un eco de la locura misma, un sonido que Vance jamás podría borrar de su memoria.
"¡Mío o de nadie!"
Las palabras aún le taladraban los oídos en una declaración de guerra personal tan escalofriante como la imagen de Anastasia desangrándose al pie de las escaleras. Nathaniel Vance se encontraba en una encrucijada infernal: su esposa en coma, luchando por su vida y la de su hijo; su amante, una asesina confesa; y su presidencia, p