El rugido de los motores rompió la quietud de la noche. El jet privado, un vuelo fantasma no registrado en los radares, cortaba el cielo, dejando atrás las luces de América y adentrándose en la oscuridad del Atlántico. A bordo, solo había tres hombres: Nathaniel Vance, Benjamin y David, los tres mosqueteros políticos.
El aire en la cabina era denso, pesado, cargado con el olor a cuero viejo y la tensión palpable de tres hombres que se dirigían a una guerra. Vance, sentado en el sillón de cuero,