El jet aterrizó en la oscuridad de una pista clandestina, el sonido de los motores se apagó, dejando un silencio denso y opresivo. La nieve, una capa blanca y fría, cubría el suelo ruso.
Nathaniel Vance, junto a Benjamin y David, bajaron del avión, el aire helado les cortaba la respiración. Un auto esperaba en las sombras, su motor encendido, listo para la fuga. La misión, hasta ahora, había sido un éxito. Habían evadido a la prensa y al gobierno, y ahora se dirigían a la única persona que podí