El reloj marcaba las 2:17 de la madrugada. Afuera, la ciudad se tragaba su propio silencio, ajena a la tormenta que estaba a punto de desatarse. Valentina estaba sentada frente a una cámara encendida, rodeada de luces suaves y el zumbido constante de los ventiladores del estudio improvisado. No había guion. Solo verdad.
Tomás, de pie a un lado, le dio una última mirada de aprobación. Sebastián, apoyado en la pared con los brazos cruzados, la observaba como quien mira a una guerrera a punto de e