La sala del tribunal estaba más llena de lo habitual. Cámaras, micrófonos y flashes aguardaban en la entrada como depredadores hambrientos. Dentro, el aire estaba denso, cargado de murmullos y el inconfundible olor a café barato que los periodistas tomaban para sobrevivir a las largas horas.
Isabel entró puntual, con su habitual traje impecable y esa sonrisa afilada que usaba como armadura. Sin embargo, a Valentina no le pasó desapercibido el leve temblor en sus manos al ajustar el cuello de la