Fui hasta mi puerta y la abrí, me sorprendí al ver quién estaba parado allí. No era ni Layla ni Dumas, y por un segundo mi corazón dio un vuelco al ver a alguien tan familiar y a la vez tan extraño para mí en mi propia casa. Era Theo. El hermano de Dumas, el hombre con el que había compartido risas y bromas hace unas horas.
—¿Theo? ¿Qué haces aquí?—pregunté, sintiendo un nudo en el estómago, una mezcla de sorpresa y la premonición de que algo no iba bien. A pesar de mi inquietud, intenté mostra