Mundo ficciónIniciar sesión**El playboy sin corazón** Detrás de su máscara de seductor implacable, Ferdinand Anton oculta una herida terrible. La mujer que amaba alguna vez ahogó a su hijo ante sus ojos, destruyendo para siempre su fe en el amor. Desde ese día, su lema es simple: seducir a las mujeres, hacer que se enamoren… y luego desecharlas sin piedad. Hasta el día en que conoce a Elenie, una joven inocente en busca de empleo. Su belleza le recuerda demasiado a quien lo traicionó, y Ferdinand decide destruirla. Pero cuanto más intenta romperla, más comienza a tambalearse él mismo. ¿Será Elenie quien logre sanar sus heridas más profundas? ¿O Ferdinand seguirá siendo para siempre… el playboy sin corazón?
Leer más### Capítulo 1
**Punto de vista de Ferdinand**
Aparqué mi Range Rover en el garaje de mi madre, el motor todavía caliente rugiendo como una advertencia en el silencio de la casa. Este viaje había sido largo, agotador, y, sin embargo, como siempre, mi primer pensamiento fue para ella. Bethanie. Mi único referente, mi ancla en este mundo que había aprendido a despreciar.
Treinta años. Treinta años de conquistas, poder, soledad y heridas. No solo era multimillonario, temido en todos mis ámbitos alrededor del mundo, sino que llevaba la máscara helada de un hombre intocable, cruel e implacable. Las mujeres caían rendidas a mis pies, fascinadas por mi carisma y mi cuerpo atlético, pero detrás de ese barniz de playboy, solo había cicatrices. Cicatrices que me negaba a abrir nuevamente. Huérfano de padre desde los cinco años, había aprendido a sobrevivir mediante la frialdad y el control. El amor… la familia… todo eso no era más que debilidad y dolor. Y me negaba a caer nuevamente en esa trampa.
Abrí la puerta del salón y la vi. Bethanie, mi madre. Siempre impecable, radiante a pesar de los años, con ese perfume dulce y reconfortante que flotaba a su alrededor. Puso sus manos sobre mis mejillas y me atrajo hacia ella. Su abrazo me hizo estremecer. A pesar de todas mis defensas, a pesar de mi corazón de hielo, quedaba una parte de mí que temblaba ante su contacto.
—Hijo mío… finalmente has vuelto —murmuró, con los ojos brillantes.
—Sí… —respondí, seco y breve, incapaz de abrir mi corazón como ella deseaba.
Se reculó ligeramente, leyendo en mis rasgos tensos, mi mandíbula apretada. Como siempre, veía más allá de mi máscara, más allá de mis silencios. Sabía que detrás de la reputación de playboy cruel se escondía un niño roto, perdido en sus heridas.
—Ferdinand… —dijo con voz suave pero firme—. Es hora de que tomes responsabilidades. Es hora de que te cases, de que pienses en formar una familia… en darme nietos.
Un escalofrío de ira y tensión recorrió mi cuerpo. Sus palabras eran puñaladas que me negaba a aceptar. No. Nunca. El pasado ya me había destrozado. No quería más amor, más apego, más hijos. Cerré los puños e inspiré profundamente para contener la explosión de rabia que crecía.
—Mamá… —dije con voz helada, cortante—. No me casaré. No quiero hijos. Nunca más.
Vi que sus ojos se ensombrecían, pero no dijo nada. Sabía que hablaba con sinceridad. Con dolor. Con ese muro de hielo que me había impuesto durante años.
—Tú… —murmuró, vacilante.
—Está bien —interrumpí, con mi mirada dura clavada en la suya—. No cambiaré de opinión. Me niego.
Inspiró lentamente, intentando disipar la tensión que llenaba la habitación. Luego, con una sonrisa frágil, depositó un beso en mi mejilla.
—Ven a cenar… he preparado tu plato favorito —susurró.
No respondí, dejando que mi silencio hablara por mí. Conocía mis silencios. Conocía mis heridas. Sabía que detrás de mi negativa estaba ese niño que una vez fue feliz, destruido por el pasado, que aún se escondía detrás de esta fachada de hombre despiadado.
—Te equivocas… —susurré para que no insistiera demasiado—. Nunca me casaré. No tendré hijos.
Ella levantó los ojos, sonriendo a pesar de todo, y depositó otro beso en mi mejilla.
—Ya verás… algún día, Anton, me darás la razón.
Fruncí el ceño, mirándola con frialdad. Hoy, nunca cedería. Pero en algún lugar, profundamente escondido, un eco antiguo, un recuerdo de luz, aún susurraba en mi corazón…
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**Punto de vista de Bethanie**
Lo había abrazado más tiempo del necesario, incapaz de contener mis lágrimas. Mi hijo… Anton, mi único hijo, mi universo. Desde que tenía cinco años, desde aquel trágico accidente que me arrebató a su padre y rompió mi vida, había vivido solo por él. Y hoy lo veía, de pie frente a mí, frío, duro, helado… un muro que nada parecía poder derribar.
Soy Bethanie Carryton, tengo 45 años, soy bella a pesar de mi edad, trabajo en decoración y soy muy reconocida. Soy de naturaleza comprensiva, honesta, con un corazón magnífico y no pienso cambiar jamás.
Mi hijo había cambiado desde aquella mujer diabólica que lo había destruido cinco años atrás. Anton, antes alegre, respetuoso y comprensivo, se había convertido en un playboy cruel, temido en todos sus negocios, con un corazón de acero que nada podía tocar. Y, sin embargo… a pesar de todo, seguía siendo mi hijo, mi sangre, mi ángel roto.
—Ferdinand… —murmuré, apretando mis manos sobre sus hombros—. Sé que te niegas a abrirte a la felicidad, pero seguiré esperando por ti. Aunque no lo veas, rezo cada día para que un ángel llame a tu puerta y derrita este hielo que te rodea.
Frunció el ceño, mirándome como si estuviera loca. Pero yo sabía leer en sus ojos. Aún quedaban chispas, fragmentos del niño que fue, enterrados bajo el dolor y la ira.
—Mamá… yo… —susurró, vacilante.
Sonreí, a pesar de las lágrimas contenidas. Mi Anton. Mi niño. Incluso destruido, incluso frío, me fascinaba. Me fascinaba porque era brillante, peligroso, pero siempre profundamente humano.
—Sabes que te amo, Anton. Aunque te niegues a la felicidad, aunque creas que todo está perdido… yo creo en ti. Y sé que algún día lo comprenderás.
Apartó la vista, apretando la mandíbula. Sabía que luchaba contra sus propios demonios, que se negaba a ceder a la emoción, que se había construido una armadura contra el mundo. Y, sin embargo, sentía esa tensión en su cuerpo, esa lucha interior, como un fuego que no quería admitir.
—Ven a cenar, he preparado tu plato favorito —repetí suavemente, esperando aligerar un poco la atmósfera.
Suspiró, pero finalmente se sentó a la mesa. Los rasgos aún tensos, la mirada aún dura, pero estaba allí, vivo, en carne y hueso. Y para mí, eso ya era una victoria.
Deposité los platos frente a él, con las manos temblorosas de emoción. Recordé cada instante de su infancia, cada risa que llenaba esta casa, cada abrazo paterno que habíamos perdido demasiado pronto. Y aunque hoy todo parecía oscuro, sabía que quedaba esperanza. Mi hijo encontraría la felicidad. Lo sentía. Lo sabía.
—Ya verás, Anton… —murmuré otra vez, acariciando su mano con ternura—. Aunque te niegues a escucharme ahora, algún día… comprenderás.
Él levantó los ojos hacia mí, duro como el acero, pero algo en su mirada traicionaba un estremecimiento de nostalgia, de dolor, tal vez incluso de deseo de consuelo. Mi corazón se apretó, pero no dejé que mis lágrimas se vieran. Mi papel era protegerlo, creer en él y seguir esperando.
Sabía que el camino sería largo. Que sus heridas eran profundas, que su corazón de playboy era solo una fachada. Pero seguiría rezando, amando, esperando, hasta que un milagro, o una persona, finalmente lo liberara de sus cadenas interiores.
Y mientras comía en silencio, sabía que ese momento, por simple que fuera, era un frágil rayo de luz en la oscuridad que había invadido nuestras vidas. Sabía que, tarde o temprano, mi hijo encontraría su camino hacia la
felicidad… y quizá, hacia el amor, aunque fuera en contra de su voluntad.
**Capítulo 5****Punto de vista de Ferdinand**Salí de mi coche, dando un portazo, mientras el vigilante se apresuraba a llevar mi vehículo al estacionamiento privado. Ajusté mi chaqueta oscura, hecha a medida, y enderecé el cuello con la precisión maníaca que me caracterizaba. Mis gafas de sol ocultaban mis ojos, pero no el destello de satisfacción que cruzaba mi rostro.Delante de mí se alzaba mi orgullo: **la Casa Bellaflorence**, mi imperio textil, la prueba tangible de mi poder. Ningún competidor había logrado igualar mis innovaciones ni la calidad de las creaciones que salían de estas paredes. No era solo una empresa: era una joya, un tesoro, un arma económica que me pertenecía en cuerpo y alma.Una sonrisa fría rozó mis labios. Era intocable, y cada piedra de este edificio era una prueba de mi supremacía.Saqué el teléfono del bolsillo, contesté una llamada y continué caminando hacia la entrada principal. Mi paso era seguro, estudiado, digno de un rey acercándose a su trono. Na
### Capítulo 4**Punto de vista de Elenie**Habían pasado semanas desde que entregué mi expediente en la **Casa Bellaflorence**, esa empresa de textiles reconocida, prestigiosa y tan rica que hacía palidecer a los más grandes. Cada mañana intentaba ahuyentar de mi mente el recuerdo de las miradas despectivas de los empleados que me habían recibido en mi primera visita. Miradas cortantes, sonrisas burlonas, como si mi simple presencia ensuciara su impecable universo. La empresa se extendía en varios pisos, con oficinas lujosas, un hall de entrada grandioso, ascensores de vidrio y obras de arte colgadas en las paredes. Todo respiraba poder y opulencia.Suspiré, cansada y abatida. El puesto no parecía estar hecho para mí. Una lágrima se deslizó por mi mejilla, ardiente y silenciosa, y me preguntaba una vez más por qué la vida se ensañaba así conmigo. Cada fracaso me hacía sentir más débil, más frágil, como si mis fuerzas se hubieran evaporado junto con las esperanzas que había depositado
### Capítulo 3**Punto de vista de Ferdinand**El crepitar del fuego en la chimenea llenaba la sala de mi casa, pero no lograba calentar el vacío que se había instalado en mí durante años. Me acomodé en el sillón de cuero, un vaso de whisky en la mano, y dejé que mis ojos recorrieran el periódico extendido sobre la mesa baja. Mi nombre brillaba en primera plana, en letras doradas: el hombre más rico. Y justo debajo, como otro trofeo macabro, el hombre más guapo. Una sonrisa cruel se dibujó en mis labios. Patético, pensé, mirando a todas esas mujeres que me adoraban como moscas alrededor de la luz. No entendían nada. No sabían lo que había vivido, lo que había perdido.El número de corazones que había destrozado me parecía infinito. Pero eso no era todo. Mi objetivo estaba claro: hacer sentir a cada mujer que lo mereciera el dolor y la traición que yo había soportado en mi pasado. Cerré los ojos por un instante y dejé que mi mente divagara.Los recuerdos me golpearon con la violencia d
### Capítulo 2**Punto de vista de Elenie Woldof**Terminaba de secar la ropa de mi padre, doblando cada prenda con una precisión casi compulsiva. El sonido del viento silbando a través de la pequeña ventana de nuestra habitación, la luz pálida del sol de Nueva York filtrándose tímidamente, todo me daba la sensación de vivir una existencia suspendida entre la desesperación y una esperanza frágil. Estaba allí, tarareando suavemente para no dejar que el silencio opresivo me invadiera, intentando creer que algún día las cosas podrían mejorar.Tenía veintiocho años. Una mujer ordinaria, podría pensarse, pero con sueños enormes atrapados en un día a día sofocante. De estatura media, con el cabello largo que dejaba caer libremente sobre mis hombros, mis ojos escondían una mezcla de cansancio y determinación. Había recibido formación en secretariado, y mis habilidades eran reconocidas, pero mi ambición iba mucho más allá. Soñaba con abrir mi propia empresa de restauración y repostería, porqu
### Capítulo 1**Punto de vista de Ferdinand**Aparqué mi Range Rover en el garaje de mi madre, el motor todavía caliente rugiendo como una advertencia en el silencio de la casa. Este viaje había sido largo, agotador, y, sin embargo, como siempre, mi primer pensamiento fue para ella. Bethanie. Mi único referente, mi ancla en este mundo que había aprendido a despreciar.Treinta años. Treinta años de conquistas, poder, soledad y heridas. No solo era multimillonario, temido en todos mis ámbitos alrededor del mundo, sino que llevaba la máscara helada de un hombre intocable, cruel e implacable. Las mujeres caían rendidas a mis pies, fascinadas por mi carisma y mi cuerpo atlético, pero detrás de ese barniz de playboy, solo había cicatrices. Cicatrices que me negaba a abrir nuevamente. Huérfano de padre desde los cinco años, había aprendido a sobrevivir mediante la frialdad y el control. El amor… la familia… todo eso no era más que debilidad y dolor. Y me negaba a caer nuevamente en esa tram










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