El hombre parado en la puerta no era un mensajero, ni un vecino, ni siquiera un repartidor. Era Theo. Su presencia, en un día tan familiar y relajado, inmediatamente tensó el aire. Theo no se movía sin un propósito, y la seriedad en sus ojos me indicó que el motivo no era una simple visita. Sostenía el teléfono de Dumas en su mano, casi como una ofrenda o una evidencia.
—Aina, hola —dijo Theo, con una voz que era inusualmente grave, desprovista de su habitual ligereza—. ¿Está Dumas? Lo siento,