Mundo ficciónIniciar sesiónYa habia pasado mas de tres meses de su llegada y ilein trabajaba sin descanso, lidiando con la bipolaridad del carácter enigmático de Maximo.
Ese fin de semana, la familia Moretti organizó una velada en su mansión en las afueras de Milán, con motivo del aniversario de fundación de Textil Moretti. Ilein asistió con un vestido de seda negro oscura que había diseñado especialmente, con bordados de hilos dorados que recordaban las tradiciones venezolanas —un detalle que llamó la atención de todos los invitados. Máximo estaba apoyado en la repisa de la chimenea, su copa de whisky casi sin tocar. No dejaba de mirarla —ni cuando un socio de la empresa le habló al oído, ni cuando la anfitriona pasó cerca con aperitivos. En ese momento, solo existía ella: su risa, la forma en que movía los brazos al hablar, el brillo de sus ojos cuando alguien elogiaba sus diseños. Ilein se acercó a Camila, quien acababa de reírse con Marcelo mientras veían las fotos de antiguas colecciones en un álbum. Al verla llegar, Camila le tendió la mano pero se calló al notar su aire serio: —Perdóname, Cami —dijo Ilein en voz baja—. Necesito ir al tocador, me siento mareada. Creo que el calor de la sala y los perfumes me están afectando. —Claro, amor, vamos —dijo Camila tomándola del brazo con ternura—. Hay un baño privado arriba, en el pasillo del estudio de papá —nadie te molestará. Cuando termines te traigo un vaso de agua con limón, te hará bien. Ilein asintió con una sonrisa débil y entró en el baño. Era amplio, con azulejos blancos de mármol y detalles de madera oscura tallada a mano. Se apoyó en el lavabo y miró su reflejo en el espejo: ojos entrecerrados, mejillas rubicundas. Abrió el grifo y se pasó agua fría por la cara, luego retocó su maquillaje con los dedos y respiró hondo hasta que la calma regresó un poco. Al abrir la puerta, se detuvo al ver a Máximo recostado contra la pared del pasillo, las manos en los bolsillos de su traje negro de seda. Parecía haberla estado esperando desde hacía tiempo. —Creía que te habías perdido entre los invitados —dijo él en voz baja, acercándose un paso sin dejar de mirarla a los ojos—. Tenemos una conversación pendiente, Ilein. Sobre tus bocetos... y sobre tu lealtad. —No sé de qué habla usted —frunció el ceño Ilein, agarrándose del pasamanos para mantenerse firme—. Nuestra única charla sobre el trabajo fue demasiado corta para considerarla pendiente, y no veo por qué mi lealtad tenga que ser tema de discusión aquí. Máximo rio bajo, un sonido profundo que resonó en el pasillo vacío: —No te hagas la inocente, Ilein. Sé que estás aquí por algo más que trabajo. He estado vigilándote desde el primer día, he revisado tu historial, tus diseños... Conozco tus verdaderas intenciones. La ira subió a las mejillas de Ilein en un instante, calentándola desde dentro: —¡Vigilándome! No tengo nada que ocultar. Vine a demostrar mi valía en el trabajo, a hacer realidad el sueño de mi abuela y el mío propio —no para buscar matrimonios convenientes ni ligar con familias poderosas, como parece pensar usted. Tengo la capacidad para salir adelante sola, sin ayuda de nadie. La expresión de Máximo se endureció, y en sus ojos azules apareció un brillo de desafío. Se acercó tanto que sus cuerpos casi rozaban, y su aliento frío tocó su rostro: —No te hagas la santa. Todas las extranjeras que llegan aquí buscan lo mismo: seguridad, dinero y un nombre poderoso. Solo es cuestión de tiempo hasta que te rindas y aceptes cómo funciona este mundo. Sin pensarlo, movida por la rabia y la frustración, Ilein le dio una bofetada fuerte en la mejilla. El sonido resonó como un trueno en el pasillo silencioso. Máximo se quedó inmóvil un instante, tocándose la piel roja con los dedos, luego agarró su muñeca con fuerza y la tiró hacia él, besándola con violencia. Ilein intentó rechazarlo, empujándolo con los brazos, pero su agarre era demasiado fuerte. Cuando sintió su mano en la cintura, acariciando el borde de su vestido, reaccionó con todas sus fuerzas y lo empujó hacia atrás. Máximo dio un paso atrás, mirándola con los ojos entrecerrados y una mezcla de pasión y enojo en el rostro. Ilein respiró con dificultad, mientras la confusión y la pasión luchaban en su interior. —¿Tienes miedo? —preguntó él con sarcasmo, acercándose de nuevo lentamente. —¿Miedo? ¿A usted, señor Moretti? ¿Debo temerle porque es rico, poderoso y cree que puede hacer lo que quiera con las demás? —respondió Ilein con firmeza, aunque sus ojos brillaban con desafío y lágrimas retenidas— No voy a ser parte de su juego. Máximo arqueó una ceja y se acercó hasta que su aliento rozó su oído: —Deberías...Por otro lado, me llama la atención que solo a mí me llamas 'señor Moretti'. A Salvatore y Marcelo los llamas por sus nombres, a Camila también. ¿Por qué esa distinción? ¿Es porque te asusto, o porque sientes algo más?
—No entiendo lo que insinúa —dijo Ilein dando un paso atrás, hasta que su espalda chocó contra la pared—. Solo quiero evitar malos entendidos. No tengo intención de confiar en usted, menos después de sus comentarios sobre mujeres extranjeras. Máximo la observó con intensidad por unos segundos, luego la tomó del rostro con ambas manos y volvió a besarla. Esta vez el beso fue diferente: intenso, lleno de desafío pero también de una ternura oculta que Ilein no esperaba. Pero ella reaccionó de inmediato y le propinó otra cachetada, más fuerte que la primera. —¡No vuelva a tocarme así! ¡No soy su juguete! —gritó con lágrimas de rabia en los ojos, y se desprendió de él para salir corriendo hacia la sala principal. En la sala, todos notaron su estado agitado: cabello desaliñado, labios rojos, rostro pálido. Camila se levantó rápidamente de su asiento y fue hacia ella: —Ilein, ¿estás bien? ¿Pasó algo? ¿Alguien te molestó? —Solo estoy cansada, realmente —respondió tratando de calmar su respiración—. Creo que es mejor que me retire, me siento indispuesta y no quiero arruinar la velada. Joana, que había visto la escena desde la otra punta de la sala, se acercó con paso suave y miró a Ilein con comprensión: —No te preocupes, cariño. Tienes razón, es mejor que descanses. Salvatore te llevará a tu apartamento en seguida —y miró hacia el pasillo, donde aparecía Máximo con la mejilla aún roja-Más tarde hablaremos de lo que sucedió dijo joana a Maximo al pasar por su lado para acompañar a Ilein hasta la puerta.
Mientras tanto, en el despacho de la mansión, Máximo conversaba con su padre Vittorino con tensión en el aire. Las cortinas estaban cerradas y la luz de la lámpara era tenue: —Máximo, no podemos permitir que esto se escape de las manos —dijo Vittorino con expresión seria, sentándose detrás de su escritorio de madera oscura—. La familia necesita mantener el control, de este nuevo proyecto de la seda para nuestro contrabando y esa chica representa un riesgo tanto para nuestro negocio como para nuestra reputación. —Tranquilo, papá —respondió Máximo con una sonrisa burlona, bebiendo un sorbo de whisky—. La chica todavía no sabe con quién se ha metido. Aprenderá a respetar las reglas, y si no... encontraré la manera de hacerla entender. —No te confíes demasiado —advirtió Vittorino, mirándolo a los ojos—. Esta chica no es como las demás tiene coraje. —No te preocupes, papá —dijo Máximo con sonrisa cínica, poniendo la copa sobre el escritorio—. Sé lo que hago. Solo estoy protegiendo a la familia y a nuestro negocio. En la puerta de la mansión, Ilein se despidió de todos con voz temblorosa. Camila le tomó la mano y le apretó suavemente: —Cuídate mucho, Ilein. Eres más fuerte de lo que crees, y no estás sola en esto. Si necesitas algo, llámame, ¿vale? Salvatore la acompañó al coche, abriéndole la puerta con su habitual sonrisa cálida. Mientras tanto, Máximo la observaba desde la puerta principal con una sonrisa enigmática en el rostro. Sabía que la historia aún no había terminado —y que la relación entre ellos iba a ser mucho más complicada de lo que cualquier podría imaginar.






