Mundo ficciónIniciar sesiónIlein se sintió vigilada desde el primer momento, como si una sombra invisible la siguiera por todos lados. Desde su llegada a Milán, esa sensación no la abandonaba; los encuentros con Máximo no eran casuales, y ahora la tensión aumentaba con la llegada de Federico Conti, hijo del jefe de la familia rival. Él apareció en el área de prototipos textil, conversando con Camila y Marcelo. Federico era alto, de cabello castaño oscuro y ojos grises que evaluaban todo con frialdad. Vestía un traje de lana azul marino, y su actitud exudaba confianza hereditaria.
—Buenos días a todos —dijo con voz clara, proyectando autoridad—. Vine a presentar una propuesta que podría beneficiar a ambas empresas. La seda venezolana tiene un valor único; juntos podríamos llevarla a mercados internacionales.
Ilein, que había estado observando la escena desde la puerta, se acercó, ajustando un detalle de su vestido de seda negra. Con compostura, respondió:
—Buenos días, señor Conti. Mi trabajo se basa en técnicas tradicionales de mi país, y la seda venezolana tiene una textura que no se encuentra en ningún otro lugar del mundo.
En ese instante, Máximo apareció en la entrada del taller, su presencia hizo que la atmósfera se enfriara de golpe. Vestía un traje de lana negra, y su mirada se clavó en Ilein y Federico, como un depredador que acecha a su presa.
—Buenos días —su voz era grave y autoritaria—. No sabía que esperábamos visitantes sin previo aviso.
Federico se enderezó, manteniendo la compostura:
—Buenos días, Máximo. Solo vine a presentar una propuesta que podría fortalecer ambos negocios. La seda venezolana que usa la señorita Valentino es un activo que no debemos desperdiciar.
—No hables de lo que no entiendes —respondió Máximo con severidad—. Su talento está comprometido para la empresa, y yo me encargaré de asegurarme de que use sus habilidades en nuestro beneficio.
La tensión en el aire era palpable. Ilein, sintiendo la necesidad de defender su posición, se adelantó con determinación:
—Puedo colaborar en proyectos conjuntos, pero mi creatividad y mis diseños seguirán bajo mi control. Mi compromiso es con talleres Moretti, pero el trabajo es fruto de mi talento y el legado de mi abuela. Ese es el trato que acordé con Joana.
Máximo la miró con una expresión que mezclaba autoridad y algo más profundo. Se detuvo un instante antes de responder:
—El trato con Joana incluye la dedicación exclusiva a nuestro atelier. Pero reconozco tu talento —añadió con una sonrisa sutil—. Mañana a las ocho en mi despacho: hablaremos de tu proyecto, tu talento y de cómo integrarlo a la colección principal. Y tú, Federico, espero tu propuesta en mi oficina.
Federico asintió con una sonrisa forzada y se retiró. Camila se acercó a Ilein en voz baja:
—Ten cuidado. Las tensiones entre las familias crecen cada día. Los Conti y los Moretti son rivales comerciales, y Máximo no tolera que nadie se meta en su territorio.
Más tarde, mientras Ilein trabajaba en los patrones de su colección, encontró una nota entre sus bocetos: «Cuidado con lo que deseas —a veces los sueños se convierten en prisiones». No sabía quién la había dejado, pero sintió un escalofrío que la recorrió de pies a cabeza. Esa sensación de ser observada volvió a intensificarse, como si alguien estuviera al acecho en la penumbra.
Mientras tanto, Máximo bajó tarde a almorzar, buscando un rincón tranquilo en medio de su agenda apretada. Al entrar, su mirada se clavó en una mesa cerca de la ventana: Ilein y Salvatore compartían una conversación animada, absortos en los bocetos que extendían sobre la mesa. Ilein parecía relajada y radiante. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros, y movía las manos con gracia al explicar sus ideas.
—La idea del cuello de encaje es genial, Ilein —dijo Salvatore con entusiasmo—. Debes probarlo también en los abrigos. Mi madre siempre dice que los detalles hacen la diferencia.
Ilein sonrió, moviendo las manos para ilustrar su punto:
—Mi abuela me enseñó que la belleza está en lo pequeño —respondió con calma—. La seda venezolana que traje tiene una textura única; eso es lo que quiero transmitir en la colección.
Máximo sintió cómo se le cerraba el pecho al ver la forma en que Ilein se relajaba con Salvatore, la risa que llenaba el lugar. Todo le producía una sensación extraña, mezcla de ira y confusión. No esperaba sentirse así: él era el CEO del grupo, acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida y de la empresa.
—Disculpen la interrupción —dijo con voz seria, acercándose a la mesa.
Ilein se giró sorprendida; sus manos temblaron al apretar los bocetos:
—¿Puedo servirle en algo, señor Moretti?
Máximo la observó como si la analizara bajo un microscopio, deteniéndose brevemente en el vestido que ella misma había diseñado. Mostró una sonrisa sutil:
—No, señorita Valentino. He visto que revisan sus bocetos; tienen proyección, pero aquí se requiere la excelencia.
La frase la impactó, pero respondió con firmeza:
—Entiendo sus aspiraciones. Mi trabajo tiene alma, no solo belleza.
Máximo frunció el ceño ligeramente:
—El talento no basta. Este mundo tiene reglas, y debes aprenderlas.
Antes de que Ilein pudiera responder, se giró y se alejó, sus pasos resonando en el suelo de madera. Ilein sintió cómo se desvanecían sus nervios, reemplazados por un fuego de determinación: demostraría que valía más que cualquier prejuicio.
A medida que avanzaban los días, los encuentros se volvieron más frecuentes. Cuando iba al almacén de telas, él aparecía revisando los prototipos; al pasar por el pasillo central, él bajaba de la oficina justo en ese momento. Eran encuentros que parecían casuales, pero Ilein empezó a sospechar que no lo eran. Mientras trabajaba en los patrones de una blusa de seda, Camila se acercó en voz baja:
—He notado que Máximo pasa más tiempo en el taller desde que llegaste. No es normal que mi hermano revise cada detalle de los diseños.
Ilein ajustó un detalle del patrón, respondiendo con compostura:
—Estoy aquí para trabajar, no para distraer a nadie.
Pero en su interior, la duda crecía como una planta silvestre. ¿Serían esos encuentros casuales, o formaban parte de un juego que aún no entendía? Recordó la escultura de bronce del vestíbulo —la belleza que ocultaba secretos— y se preguntó si la misma cosa pasaba con Maximiliano Moretti. Esa tarde, mientras recogía sus pertenencias en el perchero, encontró otra nota entre sus bocetos: «La perfección se construye paso a paso —no olvides de dónde vienes». Con el corazón acelerado, Ilein se preguntó si realmente estaba preparada para lo que se avecinaba.







