La madrugada se deslizaba como seda sobre Milán cuando el galpón de los Moretti vibraba con el murmullo de hombres ajustando armas y revisando mapas. En un rincón apartado, Camila sostenía una peluca roja intensa mientras Tony la miraba con preocupación. Sus ojos verdes brillaban bajo la luz tenue, y su cabello castaño claro estaba recogido en una coleta lista para la transformación.
—No puedes hacerlo, Camila —insistió Tony, su voz cargada de miedo disimulado— Ese lugar no es para ti. Podemos