La noche había caído sobre Milán cuando las luces tenues de la habitación del hospital iluminaban el rostro de Máximo. Se ajustaba la chaqueta de cuero negro sobre su torso, moviendo el brazo izquierdo con cuidado para no estirar las suturas de la herida de bala. Sus manos grandes y tatuadas temblaban ligeramente con el esfuerzo, pero su expresión era firme como el acero. El doctor Romano, una inyectadora que contenia morfina para el dolor en la mano, le revisaba rápidamente los signos vitales