El valle del Duero se extendía ante ellos como un mar de olas verdes y doradas, pero para Alessandra Cavallaro, el paisaje no tenía nada de bucólico. El aire en Oporto era denso, cargado con el olor a tierra mojada y uvas fermentadas, un aroma que despertaba en su memoria fragmentos de una infancia que nunca supo que era robada.
Dante caminaba a su lado, apoyado en un bastón de madera oscura. Su rostro seguía pálido, pero sus ojos habían recuperado esa chispa de alerta depredadora que lo defi