El Hospital St. Mary en Kowloon olía a una mezcla estéril de ozono, flores marchitas y la lluvia ácida que seguía golpeando los ventanales reforzados. Alessandra Cavallaro estaba sentada en una silla de plástico rígido frente a la Unidad de Cuidados Intensivos. Sus manos, aún manchadas de la sangre de Dante y del hollín del incienso del templo, sostenían el cofre de ébano como si fuera el único ancla que le quedaba en un mundo que se hundía.
A pocos metros, el Comisario Vargas vigilaba el pas