El aire en las cavas de la Quinta do Sangue se volvió gélido, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Alessandra se erizara. Ya no sentía el peso de la traición de Franco como una losa, sino como el combustible para un incendio que llevaba veinticinco años esperando para estallar. Sostenía el diario de Mateo Leão contra su pecho, sintiendo que el apellido "Cavallaro" se desprendía de su piel como una costra vieja y sucia.
—João —dijo Alessandra, su voz res